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miércoles, 12 de abril de 2017

Medusa y medusas en Extremadura


En la versión más conocida del mito clásico Medusa era un monstruo y una deidad protectora. Tenía un aspecto tan terrible que convertía en piedra a quien la mirase fijamente. Ovidio cuenta que era una mujer de exuberante belleza que por esas cosas que solían ocurrir en la mitología acabó transformada en una criatura monstruosa, al igual que sus hermanas Gorgonas –Esteno y Euríale– todas convertidas en seres despiadados de manos metálicas, colmillos afilados y frondosas cabelleras formadas por serpientes venenosas.


Perseo con la cabeza de Medusa. Detalle de la famosa escultura de Benvenutto Cellini en Florencia


Medusa murió a manos del héroe Perseo (imagen superior) que contó con la ayuda de su padre Zeus y de otros dioses: Atenea le entregó un escudo pulido como un espejo, Hermes le obsequió con una hoz de acero y unas sandalias aladas y Hades le cedió un casco que hacía invisible a su portador. Con todos estos pertrechos logró Perseo cortar la cabeza de Medusa. Con el preciado en su poder Perseo pudo rescatar a Andrómeda de los dominios de un monstruo marino y convirtió en piedra a Atlas, el gigante que sujetaba el cielo y la tierra, transformándolo en la cordillera norteafricana que lleva su nombre. Posteriormente Perseo ofreció la cabeza a la diosa Atenea quien la colocó en su escudo, la égida. Esta imagen se ha convertido en un motivo representado en innumerables obras de arte desde la antigüedad hasta nuestros días; un rostro que se imaginaba monstruoso en la antigua Grecia y que a partir del siglo V empezó a figurar con un semblante sereno y hermoso, mas terrorífico por la leyenda y la temible orla de serpientes que lo enmarca. El motivo sigue siendo muy conocido en la actualidad en el arte y en la moda desde que el diseñador Gianni Versace lo convirtiera en emblema de su imperio de alta costura.    














El poder simbólico de Medusa comienza con la cabeza cortada. Esta imagen de la cabeza separada del cuerpo con feroces serpientes en lugar de cabellos se conoce como gorgoneion. Desde hace cientos de años se dispone en amuletos, puertas, paredes, suelos, monedas, escudos o corazas con el fin de alejar el mal. Aparece en el arte y en la literatura desde tiempos de Homero que ubica «la cabeza de la Medusa, monstruo cruel y horripilante» en la égida de Zeus y en el escudo de Agamenón: «coronado por la Medusa, de ojos horrendos y mirada siniestra» (Ilíada XI, 35). El mito aparece en todo su esplendor en las obras clásicas y en una  largo etcétera que incluye a los más reputados artistas, literatos y filósofos de todas las épocas desde Dante o Petrarca, hasta Sartre o Marx, pasando pasando por Leonardo, Goethe, Shelley, Nietsche o Freud.





La égida o escudo de Atenea con la terrible imagen de Medusa


El atávico símbolo asimilado por la mitología clásica pasó de Grecia a Roma para extenderse por el mundo conocido. La inefable imagen llegó a Hispania para ser ubicada en objetos propiciatorios y lugares que requiriesen protección. La cabeza de Medusa es una imagen de efecto apotropaico, aquello que psicológicamente tiene que ver con la represión de lo malo, como un tabú o un amuleto. La superstición dota a determinados símbolos, actos, objetos o expresiones de un supuesto poder protector. Hoy se dice ¡Jesús! tras estornudar igual que hay quien toca madera o se protege del mal de ojo.




Restos del Foro Municipal de Augusta Emerita con los clípeos de Jupiter y Medusa.


El mejor ejemplo de la Medusa mitológica en Extremadura data del siglo I. Fue entonces cuando se dispuso su figura sobre el pórtico que delimitaba por tres de sus lados el imponente Foro Municipal de Emerita Augusta. Se trataba de proteger de cualquier mal ese amplio terreno rectangular delimitado por una elegante fachada de mármol. El pórtico estaba formado por un monumental ático de orden corintio decorado con clípeos en los que se alternaban las figuras de Medusa y de Júpiter–Amón separados por canéforas a modo de pilastras ornamentales. Esta decoración está relacionada con la del foro de Augusto en Roma. Actualmente sólo se conserva la esquina noreste, cerca del templo de Diana (Imagen superior). Estos restos incluyen réplicas de los clípeos o grandes medallones decorativos. Los originales, con la cabeza de Medusa, se conservan a poca distancia, en el lugar más preeminente del Museo Nacional de Arte Romano.




La presencia de Júpiter obedece a su carácter guerrero y a su ascendencia sobre los militares romanos. Por otro lado, la representación de Medusa tiene un evidente carácter apotropaico. Los dos símbolos son elementos decorativos y sagrados. Augusto pretende proteger su espacio con todo lo que tenía a su alcance: armas y creencias. Además, la presencia de Júpiter–Amón representa la unión de Occidente, a través de su deidad suprema Júpiter, y de Oriente, con su divinidad más relevante, Amón (que Júpiter presente cuernos de carnero lo dejamos para otra entrada). Algunos especialistas hacen otra lectura más de este esquema decorativo, entendiendo las representaciones de Júpiter–Amón como el mundo de las luces, por la vinculación de Amón con el astro sol, y relacionando a Medusa con la oscuridad y las tinieblas. Se trataría de un reflejo de la polaridad cósmica entre lo de arriba y lo de abajo. Lo cierto es que la efigie de Medusa encajaría adecuadamente en este espacio, ya que aludiendo a sus poderes míticos, aquel que contemplase este inmenso e impresionante complejo arquitectónico debía quedar petrificado. 



Representaciones menores del mito se encuentran en los relieves de espadas, cascos y corazas musculadas que formaban parte de la ornamentación del teatro de Mérida. También se encuentra el enigmático rostro de Medusa, alternando con motivos vegetales, acantos y palmetas, en el friso que decoraba los dinteles de mármol del antiguo templo de Marte, que hoy forman el llamado Hornito de Santa Eulalia. Un detalle que no se escapa a mi amigo Samuel y que ilustra y describe mejor que yo AQUÍ. Como se ve en sus imágenes, las cabezas están inscritas en círculos y muestran un rostro muy redondeado, con la nariz ancha y plana y boca de labios cortos y apretados. Los ojos son muy expresivos, desorbitadamente abiertos, inmóviles y mirando fijamente al frente. El iris está perforado para representar la pupila algo lo que data el conjunto en una fecha posterior al año 150 d.C. El cabello se ha tallado con minuciosidad, con aspecto enmarañado y revuelto como corresponde al gorgoneion.


El llamado Hornito de Santa Eulalia (Imagen de Samuel Rodríguez)


Medusa grabada en una coraza romana que puede contemplarse en el Hornito de Santa Eulalia



Otros lugares y diversos objetos recrean el mito de Medusa en Augusta Emerita. Entre los mosaicos destaca uno que fue sacado a la luz en 2008 con motivo de las obras de rehabilitación que realizaron en el antiguo hemiciclo de la Asamblea de Extremadura. Bajo el suelo del edificio se encontró una amplia estancia de época romana, de unos 33 m2, tapizada por un gran un mosaico polícromo decorado con motivos geométricos y figurados. La obra, datada a inicios del siglo III d.C., apareció muy alterada. El mosaico presenta una composición simple con un tapiz que enmarca una composición cuadrangular mediante un borde de nudos entrelazados elaborados con teselas de diferente color, que encuadra a su vez a motivos geométricos. En el centro se dispone un gran círculo en cuyo interior hay otros ocho de menor tamaño. En cuatro de los cinco círculos que se han podido identificar aparece la cabeza de Medusa acompañada de algunas aves y ornamentación vegetal. Probablemente el héroe Perseo aparecería en el centro de la escena, aunque su imagen ha desaparecido por el paso del tiempo o por la acción de los árabes, contrarios a la representación de la figura humana, que en su momento habitaron el edificio y usaron esta sala como un almacén. Afortunadamente la intervención arqueológica practicada en la Asamblea tuvo especial interés en integrar los restos para que puedan ser disfrutados por los visitantes. El espacio que ocupaba el antiguo hemiciclo fue remodelado y reconvertido en un espacio multiusos, la sala de la Autonomía, bajo cuyo suelo de cristal sigue acechando la temible faz de Medusa.




Mosaico de Medusa en el antiguo edificio de la Asamblea de Extremadura (Foto: HOY)



En Zoología, la imagen de la cabeza cortada y rodeada de una larga cabellera de tentáculos urticantes –serpientes– da nombre a un grupo de animales de aspecto gelatinoso, casi transparentes, que flotan por los mares del mundo y que, con cierta imaginación, podrían asimilarse a una cabeza con larga melena, aunque nada tienen que ver con el mito. Lo que popularmente se conoce como medusas no es un concepto taxonómico sino morfológico. Se trata de las una de las dos formas de organización que caracterizan a unos animales acuáticos que la ciencia incluye en el filo Cnidaria formado por diez mil especies de medusas, anémonas y corales. Las medusas están compuestas en su mayor parte por agua. Son animales de simetría radial y consisten en poco más que una cavidad rodeada por dos capas, una interna y otra externa, con un único orificio de entrada y salida. Su origen se remonta más de quinientos millones de años atrás. Conservan una anatomía muy simple, con forma de seta o paraguas abierto de cuyo borde cuelgan tentáculos muy variables en número y en cantidad. Internamente cuentan con un sistema digestivo similar a un mero saco y un sistema nervioso rudimentario con elementales órganos del equilibrio y células fotosensibles que informan sobre la composición y temperatura del agua. Para desplazarse se impulsan por contracciones de su cuerpo, absorbiendo y expulsando agua. La característica más conocida de las medusas es el poder urticante de sus tentáculos del que deriva su nombre científico (del griego cnida, ortiga). Lo que supone una molestia para los bañistas en algunas playas es en realidad la eficaz herramienta empleada por estos animales para defenderse y capturar a sus presas. Se trata de un sistema exclusivo, tan simple como eficaz, consistente en unas células especiales (cnidocitos) que segregan sustancias urticantes y cuentan con un orgánulo característico (nematocisto) similar a una cápsula doblada hacia dentro como el dedo de un guante que alberga un filamento tensamente enrollado en su interior. Un simple roce desencadena la descarga de estos filamentos, cubiertos de espinas microscópicas, que salen disparados como arpones diminutos para clavarse en la piel de la víctima inyectando toxinas cuyo efecto varía enormemente según los casos. La inmensa mayoría no son peligrosas para los seres humanos. Las hay que pueden provocar cierto escozor al rozarlas incluso aunque el animal lleve un tiempo muerto. Otras cuentan con venenos de acción hemolítica o miolítica considerados entre los más tóxicos del mundo animal, como la carabela portuguesa (Physalia physalis) cuyas picaduras son dolorosas pero rara vez mortales, o la cubomedusa australiana Chironex fleckeri, la avispa de mar, considerado uno de los animales más peligrosos del planeta. No convierte en piedra a quien se le aproxime pero es lo suficientemente terrible para mantener vivo el mito de la Medusa mitológica.    


                          Avispa de mar (Chironex fleckeri)


Carabela portuguesa (Physalia physalis)


El tamaño y la morfología del millar de especies de medusas repartidas por los océanos también varían en gran medida. Algunas apenas miden 1 mm mientras que otras son enormes, como las medusas gigantes japonesas (Nemopilema nomurai) que superan los 2 m de diámetro y 200 kg de peso, o la melena de león ártica (Cyanea capillata) con tentáculos de más de 30 m de longitud.



         Nemopilema nomurai                                        Cyanea capillata (Imágenes de Wikipedia)


Casi todas las medusas viven en el mar, pero también podemos encontrar algunas especies de agua dulce. Una de ellas habita en Extremadura. Se trata de una pequeña medusa denominada Craspedacusta sowerbii (Hydrozoa, Olindiidae). Una de las primeras cita de la especie en Extremadura se debe a un equipo de biólogos de la Universidad de Extremadura que estudiaron los hábitos alimenticios y la estructura de una población hallada en el pantano de Proserpina, apenas a cinco kilómetros de las mitológicas criaturas descritas en Mérida.



Ejemplar de Craspedacusta sowerbii en el pantano de Proserpina. (Foto: Ricardo Morán)




Además de una exótica curiosidad de nuestras aguas, C. sowerbii es en realidad una especie invasora que en el último siglo se ha expandido por casi todos los continentes. Los primeros ejemplares descubiertos en Europa se encontraron en los estanques de lirios de agua del antiguo jardín botánico de Regent’s Park en Londres en 1880. Se creía que procedían de Suramérica pero realmente son originarias del río Yangtzé en China. La especie fue determinada el 17 de junio de 1880 por el zoólogo británico Edwin Ray Lankester (1847–1929), catedrático de zoología de la Universidad de Oxford y director del Museo de Historia Natural de Londres. Sir Lankester describió no sólo una nueva especie, a la que bautizó con el nombre de la persona que la avistó primero, Mr. Sowerby, sino todo un género que denominó Craspedacusta, del griego kraspedon (borde, fleco) y kystis (vejiga, bolsa)­. A partir de esa fecha se comprobó que C. sowerbii se había extendido por buena parte de Europa y del resto del planeta donde se ha convertido en una especie invasora, es decir, una especie de origen exótico que llega a reproducirse y expandirse por ecosistemas que no corresponden a su distribución geográfica original. Las especies invasoras se han convertido en uno de los mayores problemas para la conservación de la diversidad biológica a nivel global.



Sir Edwin Ray Lankester (1847–1929), catedrático de zoología de Oxford y director del Museo de Historia Natural de Londres




La única especie de medusa silvestre que podemos encontrar en las charcas y pantanos de Extremadura es un animal de pequeño tamaño que en nuestras aguas oscila entre 7 y 21 mm de diámetro. Tiene aspecto traslúcido con tonalidades blanquecinas, no en vano el cuerpo de algunos ejemplares está formado por agua en un 99,8%. Los tentáculos varían en tamaño y cantidad (50–500), los más largos actúan como estabilizadores durante sus desplazamientos y los más cortos se destinan a la captura del alimento para lo que están dotados de nematocistos. Además cuentan con cuatro gruesos tentáculos que coinciden con los canales radiales. C. sowerbii frecuenta estanques de aguas templadas y poco profundas donde forma pequeños grupos. A pesar de su aspecto inofensivo, en su pequeño mundo actúan como depredadoras. Se alimentan de zooplancton (principalmente cladóceros, rotíferos y copépodos). Que no cunda el pánico porque es inofensiva para las personas pues sus minúsculos nematocistos no pueden penetrar la piel humana. Esta especie alterna la forma de pólipo –permanentemente fija sobre un sustrato– con la de medusa, de vida libre. Habitualmente los pólipos forman pequeñas colonias casi invisibles de 5 a 8 mm de longitud de las que se desprenden las medusas, que corresponden a la fase de actividad reproductora. Los pólipos son similares a corales o anémonas diminutas y pueden multiplicarse de forma vegetativa. Al madurar, y por reproducción asexual, liberan unos discos indiferenciados que se desgajan de la parte superior. Una vez libres estas formas pueden convertirse en medusas, animales libres y sexuados que flotan en el agua, se alimentan y se reproducen. La mayoría de sus poblaciones son estrictamente masculinas o femeninas. En el caso de Proserpina son todas hembras. Apenas se hacen visibles los días soleados de verano cuando suben a la superficie. Es habitual que un año sean muy abundantes y luego desaparecen durante varios años.

Hasta el momento no se ha documentado ningún efecto apreciable de la especie sobre otras poblaciones silvestres o los intereses humanos. No obstante, al tratarse de una especie exótica siempre hay que tener en cuenta que puede causar algún tipo de efecto –tan imperceptible como imprevisible– sobre las comunidades autóctonas. De momento su presencia es conocida y aceptada pero no es objeto de ninguna atención ni acción al respecto.

La espiritualidad antigua vio en la medusa, que se deja llevar por los caprichos de las aguas sin reaccionar contra ellas, el emblema del abandono del alma perfecta a los designios de la Providencia que en la tierra regula por nosotros la adversidad y la quietud, la calma y la tempestad.

Antaño en el arte y hoy a través de invasiones biológicas, la presencia en Extremadura de la Medusa mitológica y de la medusa de agua dulce sirven para ilustrar la globalidad y la perpetua existencia de vías de transmisión de ideas y formas de vida desde la Antigüedad hasta nuestros días.



Para saber un poco más, o profundizar en las bases documentales que iluminan este trabajo, se puede consultar este artículo algo más completo en la Revista de Estudios Extremeños.



lunes, 9 de mayo de 2016

Aduana Nacional





Piedras Albas es el último (o el primer) pueblo de España por este olvidado camino que nos une con Portugal. Es un territorio fronterizo, no así el pueblo, que dista unos siete kilómetros del curso del río Erjas / Erges, que sirve de frontera entre ambos países. No obstante, a pesar de la distancia a la raya, este pueblo albergó durante décadas la Aduana Nacional.

El vetusto edificio, que antaño imponía respeto y autoridad, languidece junto a la poco transitada carretera abandonado a su suerte. No parece que aquel antiguo proyecto para convertirlo en apartamentos rurales hayan prosperado, ni que el edificio revierta para uso del pueblo, al menos de momento. Y es una lástima porque es parte de una historia reciente que no conviene dejar en el olvido. Nos habla de aquellos días de fronteras cerradas, países desconocidos, agentes autoritarios, escudos atávicos, contrabandistas y miles de historias más o menos anónimas.

En abril de 1974, cuando Portugal despertaba entre canciones y claveles, un grupo de periodistas españoles corría hacia Lisboa para escuchar a José Afonso en Radio Renancença. Eran tiempos en que los periodistas se dedicaban a informar. Qué cosas. Manu Leguineche y sus amigos escogieron un lugar tranquilo y poco transitado para entrar en el país hermano. Cuántas historias ante esta fachada, piensa el viajero que hoy transita ajeno por allí, y apenas echa una mirada de soslayo al edificio desvencijado, abandonado.

Hasta hace pocos años, cuando la Unión Europea y Schengen, entraron en nuestras vidas. Esto era una aduana -¿Algo que declarar? -Abra el maletero, por favor  -Señora ¿puede mostrarme el bolso? -Acompáñeme  -Espere ahí un momento...
Qué lejos; y qué cerca.

De todo aquello, afortunadamente desaparecido, nos queda este testigo privilegiado en Piedras Albas. La fachada con el escudo del águila de san Juan, las ventanas del despacho del secretario, las dependencias del destacamento de la Guardia Civil, la comisaría de Policía Nacional justo enfrente... Y la Guarda Nacional Republicana, al otro lado.



domingo, 3 de abril de 2016

Galgo corredor




Lo único que me atrae de la caza son los antiguos tratados, la historia, la tradición; cuando los reyes lanceaban osos en Extremadura y esas cosas. Apenas sé nada de su práctica. Asumo que suena reiterativo y petulante, pero cada vez que veo un galgo me acuerdo de aquel hidalgo de los de lanza en astillero, que tanto gustaba de estos lebreles.

También recordaba los versos del poeta, una de sus Castellanas, al fotografiar esta escena de unos galgos con su dueño, sobre el muro de contención de una de las charcas de Arroyo de la Luz, recortados sobre un cielo que anticipaba una lluvia que llegaría poco después.

Tiene dos galgos zancudos
de ojos vivos como chispas,
flacas cinturas de avispas
y curvos dorsos huesudos:

dos destructores crueles
de las liebres y los panes,
pues corren como huracanes
y comen... como lebreles.

(Ganadero. J.M. Gabriel y Galán)





Unos meses antes de de tomar esas imágenes, me había topado con una escena de caza, que apenas pude vislumbrar entre la niebla, y que pretendí captar, como una pintura (?). En Extremadura se autoriza la caza con galgos en zonas de caza limitada y sólo para capturar liebres. Se trata de una modalidad consistente en la carrera en campo abierto entre una liebre y un par de galgos, que no es raro que acabe con la fuga de la presa. Sus defensores arguyen que esta modalidad de caza es muy selectiva, ya que las liebres mejor dotadas tienen más posibilidades de escapar.

Habitualmente, esta práctica salta a los media cuando particulares y colectivos ecologistas denuncian que los perros se ven expuestos a una vida mísera y a entrenamientos que rayan la crueldad; amén de que en ámbitos rurales cientos de galgos son sacrificados o abandonados cada mes de febrero cuando termina la temporada. No sé hasta qué punto eso es la norma o la excepción. Un solo caso ya es demasiado y las acciones punibles de los delincuentes no pueden ocultar siglos de historia. 

La caza de liebre con galgos es una modalidad de caza menor aprobada y regulada por ley en buena parte de Europa y que cuenta con una sólida tradición en buena parte de España. Se define como aquella en la que los galgos, cuando salta una liebre, la persiguen hasta su pérdida o captura a diente. En Extremadura, el reglamento que regula el ejercicio de la caza especifica que en esta modalidad el cazador, a pie o a caballo, recorre el terreno con sus galgos y cuando salta la pieza, los lebreles la persiguen hasta su captura. Sólo puede practicarse sobre liebres aunque durante la misma, y siempre que sea de forma no intencionada, puedan capturarse conejos u otras especies cinegéticas. Cada cazador podrá llevar un máximo de cuatro galgos que llevará atados, pudiendo soltarse únicamente dos de ellos juntos cada vez. Está prohibido utilizar o portar armas de fuego o cualquier otro medio de captura, así como valerse de batidores o de cualquier otro elemento o método auxiliar para la captura de las liebres. Tampoco está permitido soltar galgos de refresco a liebres que vengan perdidas de otra carrera; realizar la suelta antes de haber dado a la liebre cincuenta metros de ventaja en su carrera, ni realizar sueltas a lebratos o a especies distintas a la liebre.


El galgo español pertenece a una raza pura de perros delgados y ligeros perfectamente adaptados para la carrera de velocidad. Los galgos se han dedicado a la caza de la liebre en la Península desde antes de la época romana. El historiador Arriano de Nicomedia (h.86–175 d.C.) que fue cónsul de Roma en la Bética en el siglo II, describe en su obra Cynegeticus la caza de liebres de un modo prácticamente idéntico al que se sigue  practicando en la actualidad. Desde entonces existen numerosas fuentes que confirman que las persecuciones de liebres por los galgos eran práctica común durante la dominación árabe, tanto en zona cristiana como musulmana, y a lo largo de toda la Edad Media. Los galgos eran bienes de cierta importancia como reflejan los antiguos inventarios y las abundantes normas que penalizaban su hurto o muerte. En Extremadura, el Fuero de Usagre otorgado durante el reinado de Fernando III de Castilla, en el siglo XIII, da buena muestra de ello cuando establece las multas en maravedíes a pagar por «Quien matare galgo o can». Varios siglos después, Alonso Martínez del Espinar (h.1594–1682), todo un prohombre que fue retratado por Velázquez, ayuda de cámara del príncipe Baltasar Carlos y arcabucero del rey Felipe IV, describe en su célebre obra sobre el Arte de Ballestería y Montería los diversos modos de dar caza a las liebres: «Muchas maneras hay de matar estos animales. Muchas, diré las que en España usan: córrenlas con galgos, que aquí los hay ligerísimos, y así mismo lo son algunas liebres, que se les escapan sin poderlas alcanzar...».

lunes, 28 de marzo de 2016

Castillos de Extremadura, otras estampas


El castillo de Castilnovo o de la Encomienda se levanta a pocos kilómetros de Villanueva de la Serena, junto a carretera N-430, lo que hace fácilmente visible, que no visitable. Su estado de conservación es desigual, no es malo aunque sí mejorable. El edificio tiene partes mucho más antiguas que otras. Su origen se remonta a los primeros años del siglo XIV, si bien fue levantado sobre los restos de una fortaleza árabe anterior. Su nombre se debe a haber sido cabeza de una de las Encomiendas de la Orden de la Orden de Alcántara que tanta influencia tuvo en La Serena durante siglos.



El castillo de Piedrabuena, en San Vicente de Alcántara pero cerca de Alburquerque, era una de las fortalezas que controlaban esta disputada zona fronteriza, entre España y Portugal, entre el Tajo y el Guadiana, entre cristianos y musulmanes. También fue cabeza de una Encomienda de la Orden de Alcántara. Actualmente destinado a fines recreativos, se trata de un edificio señorial, iniciado en el siglo XIV, que se estructura en torno a un elegante patio renacentista. El recinto es flanqueado por una muralla sobre la que destacan las elegantes torres.


El castillo de las Arguijuelas de Arriba es fácilmente visible a pocos kilómetros al sur de Cáceres, junto al castillo de las Arguijuelas de Abajo, y al borde de la antigua N-630. Su construcción se inició a principios del XVI a manos de Diego de Ovando y de su esposa Teresa Rol de la Cerda. El edificio, más ornamental que defensivo, se estructura en torno a un patio central flanqueado por cuatro torres en sus esquinas desde las que dominar las ingentes cantidades de tierra de los nobles cacerenses.
   



El castillo de Montánchez es una vetusta fortaleza que se yergue sobre la sierra dominando un alfoz de una extensión difícil de abarcar. Su origen se apunta romano, aunque la antigua construcción se vio muy ampliada en el siglo XII por los almohades, cuya huella es fácilmente visible en los restos. Tras la Reconquista fue administrado por la Orden de Santiago. Ya sea en las cercanías de la sierra (foto en color)  o desde el lejano Parque Natural de Cornalvo (justo en el centro de la imagen superior) es una de las estampas de Extremadura.


El castillo de Marmionda o de Portezuelo, se eleva en una cresta rocosa sobre la localidad homónima, vigilando un paso estratégico entre los valles del Alagón y del Tajo, el antaño fragoso río que hoy se muestra embalsado en sus proximidades. Su origen se remonta al siglo XII durante la ocupación almohade. Tras ser tomado por los cristianos fue entregado a la Orden del Temple, primero, y a la de Alcántara, después. Hoy se halla en una estado que llaman de ruina consolidada.



El rey Alfonso IX, que reconquistó buena parte de Extremadura en el primer tercio del siglo XIII, ordenó levantar el castillo de Barcarrota, en Salvatierra de los Barros, sobre los restos de una antigua alcazaba árabe con el fin de guarecer la frontera sur del reino leonés. Esta antigua residencia palaciega frecuentada, claro, por los prebostes de Alcántara y los señores de Feria, es una desafiante construcción en mampostería plagada de cubos y torreones cilíndricos que la dotan de un innegable atractivo bélico.

domingo, 20 de marzo de 2016

El Corral de los Lobos (La Garganta, Cáceres, Extremadura)



Hasta no hace mucho tiempo el lobo era error y mal, el enemigo con el que los seres humanos han mantenido una lucha desigual desde hace miles de años en pos de recursos comunes. 

La abundancia del lobo en tiempos pasados suponía un problema de tal envergadura que las autoridades españolas de los tres últimos siglos han promovido las batidas para su caza. En Extremadura fueron especialmente frecuentes en el norte de Cáceres, sierra de San Pedro, Las Villuercas, en la cuenca media del Guadiana y en las estribaciones de sierra Morena al sur. Los archivos municipales son más que elocuentes a  la hora de registrar batidas y recompensas, como lo son los testimonios de los alimañeros y los numerosos textos legales. Sirva como ejemplo la Real Cédula dictada por Carlos III el 27 de enero de 1788 que «manda guardar el Reglamento inserto formado para el exterminio de Lobos, Zorros, y otros animales dañinos».

Además de las consabidas batidas, aún encontramos en el paisaje ingeniosas estructuras diseñadas como trampas para capturar lobos. En la sierra de San Pedro se construían corrales de paredes altas, llamados tinaos, en los que se encerraba una oveja o una cabra a modo de cebo. Tenían una puerta que era fácilmente abatible desde el exterior para que el lobo accediese sin problemas pero que se cerraba mediante un resorte o muelle que impedía la salida. Otra artimaña mortal consistía en la colocación de una plancha de madera camuflada en lo alto de un corte montañoso de modo que una parte de ella estuviese sobre el vacío. En su extremo se ponía un cebo, generalmente un conejo, de modo que cuando el lobo alcanzase la presa, todo el armazón caía al abismo. Este invento recibía varios nombres vernáculos: puente en la provincia de Badajoz, romana en la zona de Alcántara o pingulina en Tierras de Granadilla.

Al margen de lo anterior, Ramón Grande del Brío (El lobo ibérico: biología y mitología. 1984) refiere que en la Península se utilizaron de forma general tres tipos de trampas para cazar lobos: callejos, cousos y corrales.

Los llamados callejos «consisten en dos muros de piedras de varios centenares de metros de longitud, separados entre sí una distancia razonable por uno de sus extremos; por el otro convergen sin llegar a juntarse, dejando un angosto espacio que desemboca en un foso de forma más o menos cuadrada, a veces circular, y de una profundidad que podría oscilar entre los tres y los cuatro metros». Para cazar lobos con este sistema no había más que acosarlos hasta que entraban en el embudo y azuzarlos hasta que caían al foso final. En ocasiones, se han utilizado con el mismo fin accidentes orográficos como simas o las angosturas que encajonan los riachuelos hurdanos. El valle del río Matalobos, en Valverde del Fresno, es más que un buen ejemplo como evidencia su nombre; al igual que el paraje conocido como Trampa del Lobo en Piornal, donde existe una zanja de forma piramidal en la que los lugareños colocaban un cabrito que atraía a los lobos hambrientos que, una vez dentro de la trampa, eran incapaces de salir. En Extremadura aún se conservan callemos (en Ceclavín, Navaconcejo Piornal, Monterrubio, que yo sepa). Algunos siguen aprovechándose para otros menesteres como la conducción del ganado bravo.

Los cousos eran las trampas más sencillas y utilizadas. No eran más que profundos agujeros practicados en el suelo y tapados con una frágil cubierta de ramas y hojarasca. Se practicaban en las sendas frecuentadas por lobos y se hacían con profundidad y dimensiones adecuadas para impedir que el lobo que cayese pudiese salir. Debían ser tan frecuentes que las ordenanzas del siglo XVIII obligaban a avisar de su existencia «a los ganaderos para que estén prevenidos y no sufran daño ni ellos, ni sus ganados, ni sus perros».

Y luego estaban los corrales o cortellos: «recintos de forma circular o elíptica levantados con piedras colocadas sin argamasa y rematadas por grandes lastras salientes hacia dentro» en cuyo interior se colocaba una cabra u oveja a modo de cebo. Solían construirse en terrenos en pendiente con el fin de que la escasa altura exterior del muro facilitara la entrada del lobo. La salida le resultaba imposible porque se lo impedía la visera de lanchas. Un ejemplo de estas construcciones en Extremadura es el Corral de los Lobos ubicado junto al pozo de nieve de La Garganta.



El Corral de los Lobos de La Garganta (Cáceres) es uno de los pocos restos materiales que nos habla de la convulsa relación vivida entre el lobo y el hombre en Extremadura. Es un testimonio histórico de la ingeniosa arquitectura rural y de la lucha por la supervivencia.

Se trata de un ingenio diseñado hace siglos con el fin de capturar los temibles lobos que antaño frecuentaban la comarca. La trampa dejó de usarse a principios del siglo XX y cayó en el olvido. En los años sesenta se derrumbaron sus muros y se reutilizaron sus piedras. Pero permanecieron en la memoria de los mayores. El Corral  fue restaurado a instancias del ayuntamiento de La Garganta y, en un guiño a la historia y a la evolución de las costumbres, la reconstrucción fue inaugurada el 21 de abril de 2012 por el Director General de Agricultura y Ganadería del entonces Gobierno de Extremadura.


Este corral se ubica a poca distancia del pueblo, en un lugar de una belleza sobrecogedora, en el cordel del Berrocal, que comunica la cercana Ruta de la Plata con los agostaderos de la sierra. Un lugar muy transitado por los rebaños y, por lo tanto, frecuentado por lobos.






El Corral de los Lobos es una sencilla construcción cerrada por paredes de 2 a 3 m de altura, de planta irregular, con un diámetro aproximado de 12 m y un perímetro de 50 m que limita una superficie de 200 metros cuadrados.  Las paredes están coronadas por grandes losas que sobresalen hacia el interior para impedir que el lobo que salte en el círculo pueda salir de un salto. Es una trampa pasiva, construida de forma comunal por los vecinos de La Garganta. Para atraer al depredador se disponía cierta cantidad de carne en su interior, a modo de cebo…
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