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jueves, 1 de enero de 2099







Extremadura, Naturaleza, Ciencia, Arte, Fotografía, Libros.
Vivencias e imágenes de lugares lejanos y cercanos conducen al onocrótalo en su errático deambular

lunes, 30 de abril de 2018

Dragones en Extremadura: desde san Jorge hasta Juego de tronos (2 de 3)





Extremadura es tierra de dragones. Entre todas las localidades destaca Cáceres. La víspera del día de San Jorge, y antes de ser pasto de las llamas, este animal fabuloso se pasea todos los años por las calles de esta ciudad, como ya hemos tratado en otra ocasión.

 

En Cáceres el dragón es todo un símbolo que decora parques infantiles, ilustra promociones comerciales y forma parte de algunas de las animaciones lúdicas que se celebran periódicamente. 







      Dragones y animación popular para el día de San Jorge en Cáceres en los últimos años




En cambio, las representaciones antiguas de su derrota a manos del patrón son relativamente escasas como cita Alonso Corrales y ha fotografiado mi incansable amigo Rubén con el habitual celo que siembre pone en el Detalle. Le agradezco que me haya cedido el uso de algunas de sus imágenes. Para ver algunas más y mejores, puedes hacerlo aquí  y  aquí.




 
Retablo de la Concatedral de Santa María, en madera de cedro sin policromar y estilo plateresco. El conjunto lo firman en 1551 los imagineros sevillanos Roque deBalduque y Guillén Ferrant. La escena del dragón, que se atribuye a Ferrant por sus reminiscencias flamencas, es un bajorrelieve enmarcado por un arco de medio punto que refleja a san Jorge cabalgando en posición forzada. El dragón es pequeño y se localiza bajo las patas delanteras del caballo, muestra una cabeza leonina, un torso fuerte de apariencia humana y grandes garras.


 
En la parte superior de un retablo ubicado en el lado del Evangelio de la iglesia de San Francisco Javier (s. XVII) destaca una talla de san Jorge ataviado con traje militar sobre un brioso corcel blanco dando muerte a un fiero dragón de aspecto felino, con grandes colmillos y garras poderosas. Es una talla de un metro de lado que se atribuye a Paulus Manhei.


 
Azulejos en la escalinata interior del palacio de Golfines de Arriba. El santo patrón emplea una lanza de gran tamaño para dar muerte a un dragón poco definido con alas y una larga cola. Unos azulejos similares, pero de menor tamaño, muestran otro dragón, en este luchando con san Miguel, en el cercano palacio de Hernando de Ovando.




En una exposición temporal en el palacio de la Isla, donde está tomada la imagen superior, puede contemplarse esta pieza que habitualmente no se expone al público por estar en el despacho de la alcaldía. Su origen es incierto aunque se cree que pudo pertenecer al retablo de la desaparecida capilla de San Jorge ubicada en la antigua casa consistorial- Se trata de un relieve anónimo, de madera dorada (94x100x12 cm), fechado en el siglo XVI. Representa a un elegante guerrero a caballo que da muerte a un dragón en presencia de una doncella. Aunque algo ingenua en la presentación de las figuras, las proporciones y la perspectiva, el dinamismo que presenta el caballo y la capa son destacables. El dragón aparece en posición defensiva, es de tamaño medio, aspecto feroz, garras robustas, alas de murciélago y cola muy larga y enrollada.




 
San Jorge a caballo, que se expone en el mejorable Museo Municipal de Cáceres. Es una escultura de finales del XVII en madera policromada (100x53x20cm), de factura muy elemental y autor desconocido. El dragón es una masa verdosa e informe de anatomía indiferenciada y cabeza con rasgos simiescos. Se representa vencido, panza arriba, con dos agujeros que en su día acogerían la parte de la lanza que el conjunto ha perdido. 



 
En la escalera noble de acceso al ayuntamiento se halla una escultura de san Jorge y el dragón datada a finales del siglo XVI. Fue colocada en esa ubicación cuando fue adquirida por el alcalde Alfonso Díaz de Bustamante en 1964. Es una pieza de madera policromada de 120 cm de alto que tuvo que ser profundamente restaurada hace décadas, perdiendo todo su color original. El dragón representado no es más que una caricatura del fabuloso animal y parece un dinosaurio panzudo con patas cortas y robustas, garras tridáctilas y alas diminutas.




La pieza más conocida de la ciudad es la escultura en bronce que preside la plaza de San Jorge. Fue elaborada en la década de los sesenta del siglo pasado por el escultor gallego José Rodríguez, que trabajaba en Arganda del Rey y que se inspiró en la imagen anterior. El acabado final es obra del escultor y fundidor Eduardo Capa Sacristán, fallecido en 2013. Por su taller, de la misma localidad madrileña, han pasado algunos de los mejores artistas españoles.



 
Escultura ubicada en una hornacina a la entrada del palacio de Carvajal, sede del Patronato Provincial de Turismo y Artesanía de la Diputación Provincial de Cáceres. Se trata de una valiosa talla (112x42x35cm) del siglo XVI en madera policromada y autor desconocido. Es de estilo gótico francés, con vivos colores y dotada de cierto realismo. El santo va a pie y no en su caballo blanco, en postura reposada y con facciones tranquilas en claro contraste con el aspecto rudo y amenazante del dragón. San Jorge aparece con su habitual iconografía, joven e imberbe, con pelo rubio y largo y vestido con armadura de caballero. El dragón, de notoria ingenuidad representativa, es de color verde oscuro con garras, orejas y fauces de color rojo; sus patas delanteras están dotadas de garras y la mitad trasera de su cuerpo adopta forma de serpiente.

A todos ellos habría que añadir los desafiantes dragones alados que proliferan en el mobiliario y la decoración interior del palacio de los Golfines de Abajo. El dragón formaba parte de las armas del marquesado de Bedmar, uno de los títulos acumulados por la familia poseedora de este inmueble que actualmente es visitable gracias a la Fundación Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno.


La presencia del dragón es fácilmente detectable en muchos otros puntos de Extremadura. Por ejemplo, es una imagen frecuente en la sillería del coro de la catedral de Plasencia. En la parte vieja de este mismo templo, concretamente en la portada románica, aparece otro dragón en la escena de la Anunciación que se encuentra entre el rosetón y la portada.





También encontramos una amplia diversidad de Dragones dormidos entre las rocas que afloran del enorme batolito de granito sobre el que se asienta Trujillo y que actúan como cimientos de sus monumentales palacios. Se trata de criaturas que sólo son visibles para el observador que deambule atento por la villa medieval. Dragones que reposaban olvidados entre piedras y canchos, ajenos al devenir de la vida moderna.


Un campo donde los dragones son muy especialmente abundantes es el de la heráldica. En este caso el dragón se considera un ser de carácter benéfico y tutelar. Se utiliza como emblema desde que el emperador Trajano lo adoptó para las legiones. Tras siglos de abandono fue reintroducido por los cruzados como símbolo de los pueblos a los que combatían. De ahí que el dragón perdiese el carácter benéfico que tenía y que la simbología cristiana lo convirtiese en encarnación del mal y del paganismo. En muchos países europeos el dragón aparece en los escudos de armas como símbolo de vigilancia, de quien vela por los guerreros que luchan al servicio de la religión y de la tradición. En la heráldica anglosajona son frecuentes los dragones alados merced al mito del rey Arturo, hijo del dragón, pues su padre legendario era Uther Pendragon, quien empleara esta criatura en su escudo y estandartes.


En la heráldica española, los dragones alados fueron introducidos por el rey Pedro IV de Aragón, quien los llevaba en la cimera de su yelmo como divisa personal. Desde entonces esta figura quimérica tuvo cierta aceptación en la heráldica española, donde suele representarse de perfil, con cuerpo de reptil, alas de murciélago y patas de águila o de cocodrilo. Pero lo más frecuente es que se blasone solo con la cabeza y casi siempre en forma de dos cabezas enfrentadas y entre ellas una banda, conjunto que se conoce como dragantes, que supone el motivo fantástico más frecuente en la heráldica española. Se dibujan dos cabezas de dragón de sinople, con las fauces abiertas y linguadas de gules, unidas por una banda que va de la boca de un dragón a la del otro (técnicamente al conjunto se denomina banda engolada de dragantes). En realidad supone un jeroglífico que representa la lanza de san Jorge hiriendo las fauces abiertas del dragón. Siguiendo las leyes heráldicas en las que prima la simbología y el diseño inspirado por los principios de abstracción, simplificación y estilización, se prescinde de la figura del santo y del cuerpo del dragón, reduciendo el conjunto a una banda –que representa la lanza del caballero– que se introduce en las fauces de un dragón cuya cabeza aparece en el extremo inferior. Como este diseño quedaría desequilibrado en un escudo se añade otra cabeza en el extremo superior de la banda para llegar al dibujo final.


 

Banda engolada de dragantes en el escudo que engalana la fachada de la casa de los Sánchez Paredes (Puerta de Mérida, 3. Cáceres)


El dragón también es un motivo recurrente en la heráldica municipal extremeña. Por diversas razones lo encontramos en los escudos oficiales de localidades como Almaraz (escudo partido, primero, de oro, una banda de azur engolada en dragantes de sinople), La Codosera (escudo Partido. Primero, en campo de plata, un dragón de sinople), La Cumbre (de gules, una banda, de oro, engolada de dragantes, de sinople, linguados de gules), La Garrovilla (escudo partido. Primero, de azur, el drágon, de oro y cabalgante en el mismo el Arcángel San Miguel, vestido con armadura, espada, rodela y yelmo, todo de plata), Malpartida de la Serena (escudo cortado y medio partido. Primero, de azur, palo vibrado de plata acompañado de dos sirenas también de plata. Segundo, de gules, una banda de oro engolada en cabezas de dragones de sinople lampasados de gules), Orellana de la Sierra (de plata, el león rampante de gules, y aliente de los cantones cuatro dragantes de sinople) o Santa Marta de los Barros (escudo cuartelado. El tercero, de oro, un dragón, de sinople).








miércoles, 14 de febrero de 2018

EX-100. El viaje de Cáceres a Badajoz

Pues eso, que me he lanzado... y estáis invitados a la puesta de largo. Con la excusa del trayecto entre Cáceres y Badajoz, os invito a dar un paseo fascinante que permite disfrutar de la sierra, de la dehesa y del llano, y contemplar numerosas especies de fauna y flora. Un  rato para encontrarse con reyes, guerreros, monjes, bandoleros y contrabandistas; personajes de fama mundial y seres anónimos que habitaron castillos, palacios, cortijos y chozos. Historia y leyenda. Un viaje para cruzar arroyos, ríos y canales; vías pecuarias y calzadas romanas; pueblos, cotos de caza y espacios naturales; yacimientos prehistóricos, romanos, árabes y cristianos, medievales y modernos; y campos de batalla y contemplar monumentos, obras de arte, usos y costumbres tradicionales, arquitectura popular e industrial...


Os invito a recorrer y vivir el camino; a descubrir y disfrutar de la naturaleza, la historia y la cultura de Extremadura. Estas páginas tratan de convertir un desplazamiento rutinario en una pequeña odisea en la que degustar la esencia de aquellos antiguos viajes que discurrían por caminos largos, llenos de aventuras y de experiencias enriquecedoras.

Hazte con él aquí

lunes, 4 de diciembre de 2017

Mirar al cielo

 La Vía Láctea sobre el antiguo puente mesteño sobre el Salor, cerca de Aliseda (Cáceres)


Mirar al cielo es sorprenderse, es recordar, es olvidar. Mirar al cielo es ver el pasado y elucubrar los futuros. Mirar al cielo es descubrir el sentido de muchas cosas y la falta de sentido de otras. Mirar al cielo es admirar y asombrarse.

 
Los seres humanos llevamos milenios elevando la vista al cielo y tratando de desentrañar ese misterio inalcanzable que se revela cada noche y nos ilumina cada día. Todos los pueblos primitivos creyeron encontrar en los astros las respuestas que no tenían y ubicaron allí arriba seres fabulosos, mitos y dioses que aún nos fascinan.

La Vía Láctea en un paisaje bañado por la luna llena a tres kilómetros de Cáceres 

Mirar al cielo es descubrir. Es sumergirse en la Vía Láctea, nuestra propia galaxia, y deleitarse ante esa inconcebible conjunción de trescientos mil millones de estrellas en forma de espiral con un diámetro de un trillón y medio de kilómetros. Su nombre, que significa «camino de leche», se debe al tenue aspecto blanquecino que presenta en el cielo nocturno. Aunque es más hermosa la explicación mitológica que asegura que se formó por la leche que brotó del pecho de Hera, esposa de Zeus, cuando ésta no quiso amamantar, y apartó de su seno, a un bebé ilegítimo llamado Hércules.


                          Monumento Natural de Los Barruecos (Malpartida de Cáceres) 


Mirar al cielo es contemplar el inmutable camino de los planetas que, como la Tierra, orbitan en torno al Sol, cuerpos celestes bautizados como dioses romanos y que dan nombre a los días de la semana. Mercurio, el mensajero de los dioses; Venus, la estrella vespertina y matutina, que lleva el nombre de la diosa del amor y la belleza; Marte, el planeta rojo, debe su nombre al dios de la guerra; Júpiter, el gigante gaseoso, trescientas veces mayor que la Tierra, llamado igual que el dios supremo de los romanos; Saturno, padre de Júpiter, rodeado de un fascinante sistema de anillos que pueden verse con unos simples prismáticos; Urano, dios del cielo de la mitología griega; Neptuno, dios romano del agua, al que corresponde con su vivo color azul; o el lejano Plutón, dios del inframundo, que ni siquiera se considera un auténtico planeta.



Mirar al cielo es fantasear con el Zodíaco, como se conoce la banda celeste por la que a lo largo del año transitan la Luna, los planetas y –aparentemente– el Sol. Fascinaba a los antiguos y sigue encandilando a los ingenuos con sus doce signos astrológicos representados por otras tantas constelaciones: Aries, el carnero cuyo vellocino de oro fue perseguido por Jasón y los argonautas. Tauro, que alberga las famosas Pléyades, y conmemora al temible toro de Creta y al animal cuya forma adquirió Zeus para seducir a Europa. Géminis, los gemelos, con dos estrellas que recuerdan a los héroes mitológicos Cástor y Pólux. Cáncer, el cangrejo que ayudó a la hidra de Lerna a luchar contra Hércules. Leo, el león de Nemea, cuya piel usó Hércules para cubrirse después de estrangularlo con sus propias manos. Virgo, que celebra la lealtad de la hija de Zeus que portaba los rayos de su padre en la guerra contra los titanes. Libra, la balanza, símbolo de sabiduría y justicia, que los romanos asociaban con Julio César. Escorpio, el escorpión que la diosa Artemisa envió a dar muerte al cazador Orión. Sagitario, el centauro Quirón, el más sabio de los médicos y maestros de la antigüedad. Capricornio, representación de la cabra Amaltea que amamantó a Zeus, que tiene cola de pez desde que el dios Pan saltó al Nilo y la mitad inferior de su cuerpo tomó esa forma. Acuario, que los sumerios bautizaron en honor del dios que derramaba el agua sobre la Tierra y para los griegos encarnaba al joven Ganímedes, que escanciaba las copas de los dioses del Olimpo, y cautivó a Zeus con su belleza. Piscis, que representa la forma que adoptaron Venus y Cupido cuando huyeron de los titanes, eternamente unidos por un hilo de plata.



La constelación de Orión, sobre el horizonte, tras la torre de Mayoralgo (Cáceres)

Mirar al cielo es adivinar formas imaginarias en las constelaciones, las mismas que siglos atrás orientaron a viajeros y navegantes y fijaban calendarios agrícolas y fiestas religiosas. Entre las ochenta y ocho que oficialmente se cuentan destacan algunas muy conocidas y visibles. Es el caso de Orión, El cazador, probablemente la constelación más hermosa y conocida del cielo. Se observa en el hemisferio norte en invierno y en el sur en verano. Muy fácil de encontrar por las tres estrellas que forman su cinturón y las supergigantes Rigel y Betelgeuse, muy presentes en las mitologías de los pueblos de la antigüedad. Para los griegos Orión era un gigante, compañero de caza de Artemisa, diosa de la caza y de los animales salvajes, cuando éste se propuso aniquilar a todos los animales, la diosa se enfureció tanto que hizo que un enorme escorpión le picara y causara su muerte. La implacable persecución continúa y, cada noche, cuando el escorpión –Escorpio– aparece por el este, Orión se oculta por el oeste. El Cazador aparece en el cielo acompañado por sus dos perros, las constelaciones de Canis Menor y Canis Mayor. En esta última se encuentra Sirio, la estrella más brillante del cielo nocturno, fácilmente localizable por su brillo y prolongando hacia el sureste la línea imaginaria del conocido cinturón de Orión. Sirio es visible desde la práctica totalidad de la tierra habitada por lo que figura en la cultura de todas las civilizaciones desde la Prehistoria, especialmente, en el Antiguo Egipto, donde tenía carácter divino, pues su aparición el cielo justo antes de salir el Sol anunciaba las crecidas del Nilo.




La constelación de Casiopea sobre las ruinas del puente romano de Alconétar

Mirar al cielo es compartir leyendas tan seductoras como la asociada a la constelación de Casiopea, fácil de identificar por las cinco estrellas que se disponen en forma de W en el norte celeste (imagen superior). Casiopea, reina de Etiopía, presumía de que su hija, Andrómeda, era aún más bella que las Nereidas, las hermosas ninfas de los mares. Enojado por su atrevimiento Poseidón, dios del mar, envió al monstruo marino Cetus para destruir las costas de su país. El oráculo avisó de que el único modo de paliar la devastación que se avecinaba era ofrecer en sacrificio a la propia Andrómeda, de modo que ésta fue encadenada frente al mar para afrontar su cruel destino. Pero antes de que la bestia pudiera devorarla, la hermosa joven fue liberada por Perseo a lomos de Pegaso, el caballo alado. Los dioses colocaron en las estrellas a todos los protagonistas. Destaca la galaxia de Andrómeda, en la constelación del mismo nombre, que es el objeto visible a simple vista más lejano de la Tierra, a 2,5 millones de años luz.

Castillo de las Arguijuelas de Arriba (Cáceres)


Mirar al cielo es identificar la constelación más popular, la Osa Mayor, que rota en torno al norte. La mitología la asocia con la ninfa Calisto, que fue convertida en osa por la diosa Hera porque estaba celosa de su belleza, y luego ubicada por Zeus entre las estrellas para evitar que fuera cazada accidentalmente por su propia hija. Ésta también fue convertida en el mismo animal por Artemisa. Es la Osa Menor, cuya estrella Polar indica el norte geográfico. Ambas tienen un aspecto similar con siete estrellas en forma de carro o cuchara.


Cielo nocturno sobre los Llanos de Cáceres, desde El Risco (Sierra de Fuentes)


Mirar al cielo es el mayor espectáculo del mundo. Y verlo limpio y claro –de día y de noche– es un privilegio, otro más, del que se puede disfrutar en Extremadura.


Mirar al cielo es aprender, es descubrir. Mirar al cielo es verte.




Este artículo se ha publicado en el libro Cielos de Extremadura que ha editado la Fundación Xavier de Salas con el patrocinio de la Dirección General de Turismo de la Junta de Extremadura. 


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