Ginger y Fred no habían nacido entonces, claro. Pero se lo han contado. Ventajas de criarse entre abuelos longevos y preclaros que les narraron historias de luchas, metales e inmensos verracos de piedra.
Ginger y Fred nacieron juntos y crecieron juntos. Crecen juntos. Viven juntos. Todo lo comparten, alegrías y penas; calores, lluvias y vientos. Y un eterno baile.
Ginger y Fred no podían imaginarse,
cuando eran dos frágiles retoños apenas brotados de sus bellotas, que compartirían
tanta vida. Se salvaron juntos de ser devorados por el ganado o por los roedores,
eludieron inundaciones y sequías. No se separaron cuando sus endebles troncos
se plegaban ante las embestidas de los meteoros, ni cuando crecieron hasta
convertirse en los sólidos soportes vitales que ahora contempla el fotógrafo.
Ginger y Fred conservan esas sinuosas
curvas que tanta envidian suscitan entre los de su especie. Porque son jóvenes
y felices. Si la enfermedad, los rayos, los incendios y, sobre todo, tanto
desaprensivo suelto, no lo impide, tienen siglos por delante para compartir su vida
y su danza. Juntos.
Los pocos viajeros que se asoman a este
lugar intentando comprender quiénes somos viendo cómo éramos, apenas les
prestan atención. Pero no les importa. Ellos danzan, ajenos al mundo, protegiéndose
mutuamente de las inclemencias y pendientes de no perder el ritmo que acompasan
con las estaciones.
Se yerguen como un símbolo junto a las
ruinas milenarias que dejaron los vetones para enseñarnos que hay cosas que son
bellas porque terminan y otras lo son porque duran más que la vida.



