Personas interesantes

jueves, 1 de enero de 2099







Extremadura, Naturaleza, Ciencia, Arte, Fotografía, Libros.
Vivencias e imágenes de lugares lejanos y cercanos conducen al onocrótalo en su errático deambular

lunes, 9 de mayo de 2016

Aduana Nacional





Piedras Albas es el último (o el primer) pueblo de España por este olvidado camino que nos une con Portugal. Es un territorio fronterizo, no así el pueblo, que dista unos siete kilómetros del curso del río Erjas / Erges, que sirve de frontera entre ambos países. No obstante, a pesar de la distancia a la raya, este pueblo albergó durante décadas la Aduana Nacional.

El vetusto edificio, que antaño imponía respeto y autoridad, languidece junto a la poco transitada carretera abandonado a su suerte. No parece que aquel antiguo proyecto para convertirlo en apartamentos rurales hayan prosperado, ni que el edificio revierta para uso del pueblo, al menos de momento. Y es una lástima porque es parte de una historia reciente que no conviene dejar en el olvido. Nos habla de aquellos días de fronteras cerradas, países desconocidos, agentes autoritarios, escudos atávicos, contrabandistas y miles de historias más o menos anónimas.

En abril de 1974, cuando Portugal despertaba entre canciones y claveles, un grupo de periodistas españoles corría hacia Lisboa para escuchar a José Afonso en Radio Renancença. Eran tiempos en que los periodistas se dedicaban a informar. Qué cosas. Manu Leguineche y sus amigos escogieron un lugar tranquilo y poco transitado para entrar en el país hermano. Cuántas historias ante esta fachada, piensa el viajero que hoy transita ajeno por allí, y apenas echa una mirada de soslayo al edificio desvencijado, abandonado.

Hasta hace pocos años, cuando la Unión Europea y Schengen, entraron en nuestras vidas. Esto era una aduana -¿Algo que declarar? -Abra el maletero, por favor  -Señora ¿puede mostrarme el bolso? -Acompáñeme  -Espere ahí un momento...
Qué lejos; y qué cerca.

De todo aquello, afortunadamente desaparecido, nos queda este testigo privilegiado en Piedras Albas. La fachada con el escudo del águila de san Juan, las ventanas del despacho del secretario, las dependencias del destacamento de la Guardia Civil, la comisaría de Policía Nacional justo enfrente... Y la Guarda Nacional Republicana, al otro lado.



domingo, 3 de abril de 2016

Galgo corredor




Lo único que me atrae de la caza son los antiguos tratados, la historia, la tradición; cuando los reyes lanceaban osos en Extremadura y esas cosas. Apenas sé nada de su práctica. Asumo que suena reiterativo y petulante, pero cada vez que veo un galgo me acuerdo de aquel hidalgo de los de lanza en astillero, que tanto gustaba de estos lebreles.

También recordaba los versos del poeta, una de sus Castellanas, al fotografiar esta escena de unos galgos con su dueño, sobre el muro de contención de una de las charcas de Arroyo de la Luz, recortados sobre un cielo que anticipaba una lluvia que llegaría poco después.

Tiene dos galgos zancudos
de ojos vivos como chispas,
flacas cinturas de avispas
y curvos dorsos huesudos:

dos destructores crueles
de las liebres y los panes,
pues corren como huracanes
y comen... como lebreles.

(Ganadero. J.M. Gabriel y Galán)





Unos meses antes de de tomar esas imágenes, me había topado con una escena de caza, que apenas pude vislumbrar entre la niebla, y que pretendí captar, como una pintura (?). En Extremadura se autoriza la caza con galgos en zonas de caza limitada y sólo para capturar liebres. Se trata de una modalidad consistente en la carrera en campo abierto entre una liebre y un par de galgos, que no es raro que acabe con la fuga de la presa. Sus defensores arguyen que esta modalidad de caza es muy selectiva, ya que las liebres mejor dotadas tienen más posibilidades de escapar.

Habitualmente, esta práctica salta a los media cuando particulares y colectivos ecologistas denuncian que los perros se ven expuestos a una vida mísera y a entrenamientos que rayan la crueldad; amén de que en ámbitos rurales cientos de galgos son sacrificados o abandonados cada mes de febrero cuando termina la temporada. No sé hasta qué punto eso es la norma o la excepción. Un solo caso ya es demasiado y las acciones punibles de los delincuentes no pueden ocultar siglos de historia. 

La caza de liebre con galgos es una modalidad de caza menor aprobada y regulada por ley en buena parte de Europa y que cuenta con una sólida tradición en buena parte de España. Se define como aquella en la que los galgos, cuando salta una liebre, la persiguen hasta su pérdida o captura a diente. En Extremadura, el reglamento que regula el ejercicio de la caza especifica que en esta modalidad el cazador, a pie o a caballo, recorre el terreno con sus galgos y cuando salta la pieza, los lebreles la persiguen hasta su captura. Sólo puede practicarse sobre liebres aunque durante la misma, y siempre que sea de forma no intencionada, puedan capturarse conejos u otras especies cinegéticas. Cada cazador podrá llevar un máximo de cuatro galgos que llevará atados, pudiendo soltarse únicamente dos de ellos juntos cada vez. Está prohibido utilizar o portar armas de fuego o cualquier otro medio de captura, así como valerse de batidores o de cualquier otro elemento o método auxiliar para la captura de las liebres. Tampoco está permitido soltar galgos de refresco a liebres que vengan perdidas de otra carrera; realizar la suelta antes de haber dado a la liebre cincuenta metros de ventaja en su carrera, ni realizar sueltas a lebratos o a especies distintas a la liebre.


El galgo español pertenece a una raza pura de perros delgados y ligeros perfectamente adaptados para la carrera de velocidad. Los galgos se han dedicado a la caza de la liebre en la Península desde antes de la época romana. El historiador Arriano de Nicomedia (h.86–175 d.C.) que fue cónsul de Roma en la Bética en el siglo II, describe en su obra Cynegeticus la caza de liebres de un modo prácticamente idéntico al que se sigue  practicando en la actualidad. Desde entonces existen numerosas fuentes que confirman que las persecuciones de liebres por los galgos eran práctica común durante la dominación árabe, tanto en zona cristiana como musulmana, y a lo largo de toda la Edad Media. Los galgos eran bienes de cierta importancia como reflejan los antiguos inventarios y las abundantes normas que penalizaban su hurto o muerte. En Extremadura, el Fuero de Usagre otorgado durante el reinado de Fernando III de Castilla, en el siglo XIII, da buena muestra de ello cuando establece las multas en maravedíes a pagar por «Quien matare galgo o can». Varios siglos después, Alonso Martínez del Espinar (h.1594–1682), todo un prohombre que fue retratado por Velázquez, ayuda de cámara del príncipe Baltasar Carlos y arcabucero del rey Felipe IV, describe en su célebre obra sobre el Arte de Ballestería y Montería los diversos modos de dar caza a las liebres: «Muchas maneras hay de matar estos animales. Muchas, diré las que en España usan: córrenlas con galgos, que aquí los hay ligerísimos, y así mismo lo son algunas liebres, que se les escapan sin poderlas alcanzar...».

lunes, 28 de marzo de 2016

Castillos de Extremadura, otras estampas


El castillo de Castilnovo o de la Encomienda se levanta a pocos kilómetros de Villanueva de la Serena, junto a carretera N-430, lo que hace fácilmente visible, que no visitable. Su estado de conservación es desigual, no es malo aunque sí mejorable. El edificio tiene partes mucho más antiguas que otras. Su origen se remonta a los primeros años del siglo XIV, si bien fue levantado sobre los restos de una fortaleza árabe anterior. Su nombre se debe a haber sido cabeza de una de las Encomiendas de la Orden de la Orden de Alcántara que tanta influencia tuvo en La Serena durante siglos.



El castillo de Piedrabuena, en San Vicente de Alcántara pero cerca de Alburquerque, era una de las fortalezas que controlaban esta disputada zona fronteriza, entre España y Portugal, entre el Tajo y el Guadiana, entre cristianos y musulmanes. También fue cabeza de una Encomienda de la Orden de Alcántara. Actualmente destinado a fines recreativos, se trata de un edificio señorial, iniciado en el siglo XIV, que se estructura en torno a un elegante patio renacentista. El recinto es flanqueado por una muralla sobre la que destacan las elegantes torres.


El castillo de las Arguijuelas de Arriba es fácilmente visible a pocos kilómetros al sur de Cáceres, junto al castillo de las Arguijuelas de Abajo, y al borde de la antigua N-630. Su construcción se inició a principios del XVI a manos de Diego de Ovando y de su esposa Teresa Rol de la Cerda. El edificio, más ornamental que defensivo, se estructura en torno a un patio central flanqueado por cuatro torres en sus esquinas desde las que dominar las ingentes cantidades de tierra de los nobles cacerenses.
   



El castillo de Montánchez es una vetusta fortaleza que se yergue sobre la sierra dominando un alfoz de una extensión difícil de abarcar. Su origen se apunta romano, aunque la antigua construcción se vio muy ampliada en el siglo XII por los almohades, cuya huella es fácilmente visible en los restos. Tras la Reconquista fue administrado por la Orden de Santiago. Ya sea en las cercanías de la sierra (foto en color)  o desde el lejano Parque Natural de Cornalvo (justo en el centro de la imagen superior) es una de las estampas de Extremadura.


El castillo de Marmionda o de Portezuelo, se eleva en una cresta rocosa sobre la localidad homónima, vigilando un paso estratégico entre los valles del Alagón y del Tajo, el antaño fragoso río que hoy se muestra embalsado en sus proximidades. Su origen se remonta al siglo XII durante la ocupación almohade. Tras ser tomado por los cristianos fue entregado a la Orden del Temple, primero, y a la de Alcántara, después. Hoy se halla en una estado que llaman de ruina consolidada.



El rey Alfonso IX, que reconquistó buena parte de Extremadura en el primer tercio del siglo XIII, ordenó levantar el castillo de Barcarrota, en Salvatierra de los Barros, sobre los restos de una antigua alcazaba árabe con el fin de guarecer la frontera sur del reino leonés. Esta antigua residencia palaciega frecuentada, claro, por los prebostes de Alcántara y los señores de Feria, es una desafiante construcción en mampostería plagada de cubos y torreones cilíndricos que la dotan de un innegable atractivo bélico.

domingo, 20 de marzo de 2016

El Corral de los Lobos (La Garganta, Cáceres, Extremadura)



Hasta no hace mucho tiempo el lobo era error y mal, el enemigo con el que los seres humanos han mantenido una lucha desigual desde hace miles de años en pos de recursos comunes. 

La abundancia del lobo en tiempos pasados suponía un problema de tal envergadura que las autoridades españolas de los tres últimos siglos han promovido las batidas para su caza. En Extremadura fueron especialmente frecuentes en el norte de Cáceres, sierra de San Pedro, Las Villuercas, en la cuenca media del Guadiana y en las estribaciones de sierra Morena al sur. Los archivos municipales son más que elocuentes a  la hora de registrar batidas y recompensas, como lo son los testimonios de los alimañeros y los numerosos textos legales. Sirva como ejemplo la Real Cédula dictada por Carlos III el 27 de enero de 1788 que «manda guardar el Reglamento inserto formado para el exterminio de Lobos, Zorros, y otros animales dañinos».

Además de las consabidas batidas, aún encontramos en el paisaje ingeniosas estructuras diseñadas como trampas para capturar lobos. En la sierra de San Pedro se construían corrales de paredes altas, llamados tinaos, en los que se encerraba una oveja o una cabra a modo de cebo. Tenían una puerta que era fácilmente abatible desde el exterior para que el lobo accediese sin problemas pero que se cerraba mediante un resorte o muelle que impedía la salida. Otra artimaña mortal consistía en la colocación de una plancha de madera camuflada en lo alto de un corte montañoso de modo que una parte de ella estuviese sobre el vacío. En su extremo se ponía un cebo, generalmente un conejo, de modo que cuando el lobo alcanzase la presa, todo el armazón caía al abismo. Este invento recibía varios nombres vernáculos: puente en la provincia de Badajoz, romana en la zona de Alcántara o pingulina en Tierras de Granadilla.

Al margen de lo anterior, Ramón Grande del Brío (El lobo ibérico: biología y mitología. 1984) refiere que en la Península se utilizaron de forma general tres tipos de trampas para cazar lobos: callejos, cousos y corrales.

Los llamados callejos «consisten en dos muros de piedras de varios centenares de metros de longitud, separados entre sí una distancia razonable por uno de sus extremos; por el otro convergen sin llegar a juntarse, dejando un angosto espacio que desemboca en un foso de forma más o menos cuadrada, a veces circular, y de una profundidad que podría oscilar entre los tres y los cuatro metros». Para cazar lobos con este sistema no había más que acosarlos hasta que entraban en el embudo y azuzarlos hasta que caían al foso final. En ocasiones, se han utilizado con el mismo fin accidentes orográficos como simas o las angosturas que encajonan los riachuelos hurdanos. El valle del río Matalobos, en Valverde del Fresno, es más que un buen ejemplo como evidencia su nombre; al igual que el paraje conocido como Trampa del Lobo en Piornal, donde existe una zanja de forma piramidal en la que los lugareños colocaban un cabrito que atraía a los lobos hambrientos que, una vez dentro de la trampa, eran incapaces de salir. En Extremadura aún se conservan callemos (en Ceclavín, Navaconcejo Piornal, Monterrubio, que yo sepa). Algunos siguen aprovechándose para otros menesteres como la conducción del ganado bravo.

Los cousos eran las trampas más sencillas y utilizadas. No eran más que profundos agujeros practicados en el suelo y tapados con una frágil cubierta de ramas y hojarasca. Se practicaban en las sendas frecuentadas por lobos y se hacían con profundidad y dimensiones adecuadas para impedir que el lobo que cayese pudiese salir. Debían ser tan frecuentes que las ordenanzas del siglo XVIII obligaban a avisar de su existencia «a los ganaderos para que estén prevenidos y no sufran daño ni ellos, ni sus ganados, ni sus perros».

Y luego estaban los corrales o cortellos: «recintos de forma circular o elíptica levantados con piedras colocadas sin argamasa y rematadas por grandes lastras salientes hacia dentro» en cuyo interior se colocaba una cabra u oveja a modo de cebo. Solían construirse en terrenos en pendiente con el fin de que la escasa altura exterior del muro facilitara la entrada del lobo. La salida le resultaba imposible porque se lo impedía la visera de lanchas. Un ejemplo de estas construcciones en Extremadura es el Corral de los Lobos ubicado junto al pozo de nieve de La Garganta.



El Corral de los Lobos de La Garganta (Cáceres) es uno de los pocos restos materiales que nos habla de la convulsa relación vivida entre el lobo y el hombre en Extremadura. Es un testimonio histórico de la ingeniosa arquitectura rural y de la lucha por la supervivencia.

Se trata de un ingenio diseñado hace siglos con el fin de capturar los temibles lobos que antaño frecuentaban la comarca. La trampa dejó de usarse a principios del siglo XX y cayó en el olvido. En los años sesenta se derrumbaron sus muros y se reutilizaron sus piedras. Pero permanecieron en la memoria de los mayores. El Corral  fue restaurado a instancias del ayuntamiento de La Garganta y, en un guiño a la historia y a la evolución de las costumbres, la reconstrucción fue inaugurada el 21 de abril de 2012 por el Director General de Agricultura y Ganadería del entonces Gobierno de Extremadura.


Este corral se ubica a poca distancia del pueblo, en un lugar de una belleza sobrecogedora, en el cordel del Berrocal, que comunica la cercana Ruta de la Plata con los agostaderos de la sierra. Un lugar muy transitado por los rebaños y, por lo tanto, frecuentado por lobos.






El Corral de los Lobos es una sencilla construcción cerrada por paredes de 2 a 3 m de altura, de planta irregular, con un diámetro aproximado de 12 m y un perímetro de 50 m que limita una superficie de 200 metros cuadrados.  Las paredes están coronadas por grandes losas que sobresalen hacia el interior para impedir que el lobo que salte en el círculo pueda salir de un salto. Es una trampa pasiva, construida de forma comunal por los vecinos de La Garganta. Para atraer al depredador se disponía cierta cantidad de carne en su interior, a modo de cebo…

domingo, 6 de marzo de 2016

Hijovejo (La Serena), cuando los cíclopes habitaban en Extremadura


El yacimiento romano de Hijovejo se levanta apenas a cuatro kilómetros de Quintana de la Serena, a pocos metros de la carretera que une esta localidad con Valle de la Serena. Es el más notable de los numerosos edificios de origen romano que jalonan la comarca aledaña a los cauces de los ríos Ortiga y Zújar, donde se han localizado más de treinta construcciones que controlaban la estratégica frontera del valle del Guadiana hace dos milenios. Es una muestra más de los continuos avatares bélicos de la etapa republicana en Extremadura, cuando invasores y tribus locales pugnaban por controlar la riqueza minera de la zona.

El vetusto conjunto se enmarca en el período de transición entre la Edad del Hierro y la romanización de La Serena, entre el siglo I a.C. y I d.C. En su origen se levantó un recinto reducido que fue ampliándose posteriormente. Hijovejo fue descubierto por Juan Casco Arias, médico de Quintana de la Serena y aficionado a la arqueología, en 1961.

Las ruinas nos muestran un recinto-torre de planta regular con varias construcciones adosadas. Se conserva un espectacular alzado de aparejos ciclópeos que en su momento conformaría el zócalo de una construcción de tapial, madera y adobe que ha desaparecido por completo.



Hijovejo es uno de los conjuntos arqueológicos ciclópeos más representativos de la Península. Se levanta sobre un canchal de granito formado por varios bolos que los romanos usaron como base, para ahorrarse los cimientos y dotar de cierta altura al edificio. Estas enormes piedras destacan en un conjunto que parece construido por gigantes, como aquellas murallas minoicas que se atribuían a los cíclopes. 


El ciclopeísmo se caracteriza por el uso de grandes bloques (si algo sobra en la zona es granito de buena calidad) apenas desbastados a los que apenas se les prepara la cara que quedaba a la vista. Los bloques se calzaban con ripios y cuñas (imagen superior)


En su interior se puede deambular por una serie de habitáculos de pequeñas dimensiones que se destinarían a labores de vigilancia y almacenamiento. Los especialistas sugieren que esta torre hacía labores de almacén al tiempo que formaba parte de un complejo sistema de comunicaciones basado en el fuego, como una torre de señales.


Se  conserva la puerta de acceso a una de las habitaciones de la parte norte. Cuenta con un dintel formado por un gran bloque de granito (166x55 cm) que se sostiene sobre los grandes muros de un metro de espesor.



En la parte norte se levantó un bastión (imagen superior) con el fin de proteger el manantial subterráneo (imagen inferior) que aseguraba el suministro de agua al conjunto.







La cámara principal es una estancia rectangular (310x540 cm). El suelo está formado por una lancha de granito en cuyo centro se dispuso una pilastra de mayor altura de la actual que sostenía la techumbre de madera.



El relieve de la imagen superior es un importante elemento iconográfico que arroja cierta luz sobre la historia del yacimiento. En el enorme bloque de piedra que sirve de esquina para esa estancia se labraron tres escudos que ponen de manifiesto el eminente carácter militar de la construcción. Se distinguen dos pequeños escudos circulares, caetrae, y otro más grande de forma oval con un refuerzo central, spina, bien marcado (scutum). Se trata de elementos usados por las poblaciones indígenas que a la postre fueron dominadas por los romanos. Pero está claro que los lusitanos tuvieron que desempeñar un importante papel en la construcción de la torre.




Aunque he preferido no reflejarlo en las imágenes, la zona se ve amenazada por un incomprensible proceso de urbanización, con parcelas y casas de recreo a poca distancia, que degrada el entorno de un monumento milenario.

Hay que decir que el yacimiento está bien explicado en diversos carteles informativos. Si bien se echa en falta alguna imagen que reconstruya cómo era en su origen, algo que enriquecería la visita. Más información se ofrece­­ en el centro de interpretación ubicado en la antigua casa de la Posada en Quintana.


Esta entrada, y el enriquecedor paseo por la comarca, debe mucho a mi amigo Jesús, comendador de los Extremos del Duero.
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