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domingo, 20 de marzo de 2016

El Corral de los Lobos (La Garganta, Cáceres, Extremadura)



Hasta no hace mucho tiempo el lobo era error y mal, el enemigo con el que los seres humanos han mantenido una lucha desigual desde hace miles de años en pos de recursos comunes. 

La abundancia del lobo en tiempos pasados suponía un problema de tal envergadura que las autoridades españolas de los tres últimos siglos han promovido las batidas para su caza. En Extremadura fueron especialmente frecuentes en el norte de Cáceres, sierra de San Pedro, Las Villuercas, en la cuenca media del Guadiana y en las estribaciones de sierra Morena al sur. Los archivos municipales son más que elocuentes a  la hora de registrar batidas y recompensas, como lo son los testimonios de los alimañeros y los numerosos textos legales. Sirva como ejemplo la Real Cédula dictada por Carlos III el 27 de enero de 1788 que «manda guardar el Reglamento inserto formado para el exterminio de Lobos, Zorros, y otros animales dañinos».

Además de las consabidas batidas, aún encontramos en el paisaje ingeniosas estructuras diseñadas como trampas para capturar lobos. En la sierra de San Pedro se construían corrales de paredes altas, llamados tinaos, en los que se encerraba una oveja o una cabra a modo de cebo. Tenían una puerta que era fácilmente abatible desde el exterior para que el lobo accediese sin problemas pero que se cerraba mediante un resorte o muelle que impedía la salida. Otra artimaña mortal consistía en la colocación de una plancha de madera camuflada en lo alto de un corte montañoso de modo que una parte de ella estuviese sobre el vacío. En su extremo se ponía un cebo, generalmente un conejo, de modo que cuando el lobo alcanzase la presa, todo el armazón caía al abismo. Este invento recibía varios nombres vernáculos: puente en la provincia de Badajoz, romana en la zona de Alcántara o pingulina en Tierras de Granadilla.

Al margen de lo anterior, Ramón Grande del Brío (El lobo ibérico: biología y mitología. 1984) refiere que en la Península se utilizaron de forma general tres tipos de trampas para cazar lobos: callejos, cousos y corrales.

Los llamados callejos «consisten en dos muros de piedras de varios centenares de metros de longitud, separados entre sí una distancia razonable por uno de sus extremos; por el otro convergen sin llegar a juntarse, dejando un angosto espacio que desemboca en un foso de forma más o menos cuadrada, a veces circular, y de una profundidad que podría oscilar entre los tres y los cuatro metros». Para cazar lobos con este sistema no había más que acosarlos hasta que entraban en el embudo y azuzarlos hasta que caían al foso final. En ocasiones, se han utilizado con el mismo fin accidentes orográficos como simas o las angosturas que encajonan los riachuelos hurdanos. El valle del río Matalobos, en Valverde del Fresno, es más que un buen ejemplo como evidencia su nombre; al igual que el paraje conocido como Trampa del Lobo en Piornal, donde existe una zanja de forma piramidal en la que los lugareños colocaban un cabrito que atraía a los lobos hambrientos que, una vez dentro de la trampa, eran incapaces de salir. En Extremadura aún se conservan callemos (en Ceclavín, Navaconcejo Piornal, Monterrubio, que yo sepa). Algunos siguen aprovechándose para otros menesteres como la conducción del ganado bravo.

Los cousos eran las trampas más sencillas y utilizadas. No eran más que profundos agujeros practicados en el suelo y tapados con una frágil cubierta de ramas y hojarasca. Se practicaban en las sendas frecuentadas por lobos y se hacían con profundidad y dimensiones adecuadas para impedir que el lobo que cayese pudiese salir. Debían ser tan frecuentes que las ordenanzas del siglo XVIII obligaban a avisar de su existencia «a los ganaderos para que estén prevenidos y no sufran daño ni ellos, ni sus ganados, ni sus perros».

Y luego estaban los corrales o cortellos: «recintos de forma circular o elíptica levantados con piedras colocadas sin argamasa y rematadas por grandes lastras salientes hacia dentro» en cuyo interior se colocaba una cabra u oveja a modo de cebo. Solían construirse en terrenos en pendiente con el fin de que la escasa altura exterior del muro facilitara la entrada del lobo. La salida le resultaba imposible porque se lo impedía la visera de lanchas. Un ejemplo de estas construcciones en Extremadura es el Corral de los Lobos ubicado junto al pozo de nieve de La Garganta.



El Corral de los Lobos de La Garganta (Cáceres) es uno de los pocos restos materiales que nos habla de la convulsa relación vivida entre el lobo y el hombre en Extremadura. Es un testimonio histórico de la ingeniosa arquitectura rural y de la lucha por la supervivencia.

Se trata de un ingenio diseñado hace siglos con el fin de capturar los temibles lobos que antaño frecuentaban la comarca. La trampa dejó de usarse a principios del siglo XX y cayó en el olvido. En los años sesenta se derrumbaron sus muros y se reutilizaron sus piedras. Pero permanecieron en la memoria de los mayores. El Corral  fue restaurado a instancias del ayuntamiento de La Garganta y, en un guiño a la historia y a la evolución de las costumbres, la reconstrucción fue inaugurada el 21 de abril de 2012 por el Director General de Agricultura y Ganadería del entonces Gobierno de Extremadura.


Este corral se ubica a poca distancia del pueblo, en un lugar de una belleza sobrecogedora, en el cordel del Berrocal, que comunica la cercana Ruta de la Plata con los agostaderos de la sierra. Un lugar muy transitado por los rebaños y, por lo tanto, frecuentado por lobos.






El Corral de los Lobos es una sencilla construcción cerrada por paredes de 2 a 3 m de altura, de planta irregular, con un diámetro aproximado de 12 m y un perímetro de 50 m que limita una superficie de 200 metros cuadrados.  Las paredes están coronadas por grandes losas que sobresalen hacia el interior para impedir que el lobo que salte en el círculo pueda salir de un salto. Es una trampa pasiva, construida de forma comunal por los vecinos de La Garganta. Para atraer al depredador se disponía cierta cantidad de carne en su interior, a modo de cebo…

viernes, 26 de abril de 2013

Muros para proteger abejas

Qué primavera tan espectacular podrían disfrutar las abejas de aquellas ancestrales colmenas de corcho que antaño se asentaban en Extremadura…
Pero cada vez son menos. Las abejas y las colmenas.
 
Corral para proteger colmenas 
A diferencia del norte peninsular, donde tenían que levantar auténticas fortalezas para proteger las colmenas de los osos, en Extremadura la amenaza principal es el ganado contra el que ya prevenía en el siglo I el romano Columela en sus Doce Libros de la Agricultura: “se les deben destinar sitios donde se provean de comida, y éstos deben ser muy solitarios, y, como previene nuestro Marón, libres de ganados y en un clima templado y no expuesto a tormentas, donde no tengan entrada los vientos, porque ellos les impiden que lleven sus provisiones a la colmena; ni que las ovejas ni los petulantes machos de cabrío destruyan las flores, ni que la ternera que vaguea por la llanura sacuda el rocío que cubre las hierbas ni las pisotee cuando van naciendo”.


Para seguir el consejo del sabio latino, se levantaban en Extremadura estos Corrales o Muros (Silhas o Malhadas les dicen en Portugal; Cortines, en Asturias…). Se trata de construcciones elementales de muros altos y una pequeña entrada con un gran dintel de piedra sostenido en sendas jambas del mismo material y puerta de madera. La planta típica es, como figura en la imagen, más o menos circular, aunque la morfología es muy variada. Y para ubicarlos, basta con seguir una vez más los consejos dos veces milenarios de Lucio Junio Moderato Columela: “El domicilio de las abejas ha de colocarse enfrente del medio día de invierno, lejos del tumulto y de la compañía de los hombres y de los animales, en un sitio que no sea caliente ni frío, pues ambas cosas les son dañosas. Este sitio ha de estar en la parte más baja del valle, para que cuando las abejas salgan a buscar la comida, vuelen con más facilidad a los sitios más altos, y después de haber recogido lo que necesiten, bajen sin trabajo con su carga, siguiendo la pendiente”.




Para elaborar las colmenas, lo más habitual era vaciar un tronco de alcornoque y unir la costura lateral con clavos de madera de jara llamados abullones y del mismo modo tapar la parte superior con una plancha de corcho llamada témpano o tapaera. Estas colmenas se conocen como corchos.  En Extremadura también son comunes las que aparecen en la imagen, con base cuadrada y construidas con planchas de corcho. Aunque la tipología es muy variada.

(Elaboración artesanal de una colmena en Navezuelas, Las Villuercas, Extremadura)

Elegantes e impasibles, tocadas por cubiertas de pizarras en algunos casos, las últimas de su estirpe aún permanecen en los montes como testigos agonizantes de un mundo que desaparece. Son las ilustres herederas de una tradición ancestral, un arte que se ha practicado sin variaciones considerables durante siglos y generaciones.
Corral ubicado en las cercanías de la localidad de Brozas (Cáceres)

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