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viernes, 27 de abril de 2018

Dragones en Extremadura: desde san Jorge hasta Juego de tronos (1 de 3)



Escribe Jorge Luis Borges en El libro de los seres imaginarios que «El tiempo ha desgastado notablemente el prestigio de los dragones. Creemos en el león como realidad y como símbolo; creemos en el minotauro como símbolo, que no como realidad; el dragón es acaso el más conocido, pero también el menos afortunado de los animales fantásticos. Nos parece pueril y suele contaminar de puerilidad las historias en que figura. Conviene no olvidar, sin embargo, que se trata de un prejuicio moderno, quizá provocado por el exceso de dragones que hay en los cuentos de hadas». Ha transcurrido más de medio siglo desde la publicación de esta obra y es muy probable que actualmente Borges pensara de otra manera. El dragón vuelve a ser una criatura temible y poderosa capaz de cambiar el destino del mundo. La culpa de todo ello la tiene Juego de tronos, serie de televisión creada por HBO basándose en la saga de novelas –Canción de hielo y fuego– del escritor estadounidense George R.R. Martin cuyo primer libro se titula Juego de tronos (1996).

En varios capítulos de la séptima temporada de esta serie, emitidos en julio y agosto de 2017, pueden verse los temibles dragones de Daenerys Targaryen sobrevolando el fascinante paraje de Los Barruecos, Monumento Natural ubicado en el entorno de Malpartida de Cáceres. Una vez más los dragones vuelan en Extremadura.




En el mundo fantástico que recrea la citada serie, los dragones gozan de especial protagonismo. Son tres y nacieron de sendos huevos petrificados que le regalaron a la khaleesi el día de su boda. Reciben sus nombres en recuerdo del esposo y los hermanos de la que se considera Madre de dragones. Son sus más fieles guardaespaldas y escuderos. El favorito de la reina es Drogon (imagen inferior) es el más grande y agresivo de todos, tiene el cuerpo recubierto de escamas negras como el color de su sangre, con cuernos y cresta dorsal espinosa de tonos rojizos y profundos ojos rojos. Sus hermanos son Rhaegal, el más tranquilo, de color verde oscuro con ojos amarillentos, y Viserion, de color pardo, con dientes negros y ojos, cuernos, alas y cresta espinal de tonos dorados. De las temibles fauces de todos ellos surgen poderosas llamaradas que los convierten en seres prácticamente invencibles.


 Drogon, como cabalgadura de Daenerys Targaryen en una escena de Juego de tronos.

A pesar de su temible aspecto, no llegan a parecerse a su antecesor, Balerion, llamado el terror negro, un enorme y gigantesco dragón con cuyo fuego fue forjado el Trono de Hierro fundiendo doscientas espadas de señores sometidos. A decir de las crónicas antiguas esta criatura era tan enorme que pueblos enteros se oscurecían cuando pasaba volando, podía tragarse un mamut entero de un solo bocado, tenía los dientes del tamaño de espadas, era de color negro brillante con reflejos rojos y vivió doscientos años. En la pantalla apenas puede vislumbrarse su inmenso cráneo oculto en los subterráneos de la Fortaleza Roja, como se aprecia en la imagen inferior.
 
Fotograma de Juego de tronos. Copyright HBO


Si diéramos por cierta su existencia –que no es poco– las incógnitas más fascinantes que se plantea un científico con respecto a los dragones son dos: cómo pueden volar y cómo logran expulsar fuego por la boca. Examinándolos desde un punto de vista biológico estos dragones, que tan reales parecen en televisión, y sin despreciar algunas dosis saludables de especulación, podemos concluir que tienen el aspecto de grandes reptiles, con fuertes mandíbulas, cuerpo cubierto de escamas espinosas, cola parecida a la de un cocodrilo, extremidades inferiores fuertes y cortas dotadas de garras, carecen de extremidades superiores y muestran un par de alas inmensas con una morfología similar a la de un murciélago. Merced a los magistrales efectos digitales que les dan vida resulta fascinante contemplarlos volando, escupiendo fuego o reposando sobre las rocas de Los Barruecos. Son criaturas coosales, de unas dimensiones similares a las de un Boeing 747, es decir, ¡¡unos 70 m de longitud y 64 m de envergadura!!  a lo que hay que añadir un chorro de fuego de unos diez metros de diámetro.

Estos datos apenas permiten compararlos con los animales voladores más grandes que han existido: los pterosaurios del género Quetzalcoatlus (imagen inferior) que vivieron en el cretácico superior, hace 67 millones de años, y cuyos fósiles sugieren una envergadura de 12 metros y un peso estimado de 200 kg. En cierto modo los dragones de Juego de tronos muestran una morfología similar a la de estas criaturas extintas: grandes músculos pectorales y alas bien estructuradas que son más estilizadas conforme se alejan del cuerpo.


 https://news.nationalgeographic.com/

Una de las claves del vuelo es aligerar el peso todo lo físicamente posible. Los pterosaurios, como las aves actuales, tenían huesos ligeros, huecos y delgados. Además, contaban con grandes bolsas de aire ubicadas entre los músculos que aumentaban su flotabilidad. De este modo, mientras una jirafa puede pesar dos toneladas, un pterosaurio de la misma altura pesaría lo mismo que un cerdo. 



Otro problema para volar es el derivado de la gran cola reptiliana. Los pterosaurios tenían colas largas pero eran muy delgadas. Las de los dragones se antojan demasiado pesadas para emprender el vuelo. Algunos científicos han calculado las calorías que tendrían que ingerir estos superdepredadores para realizar una actividad tan costosa energéticamente como volar. Es evidente que conseguir comida no es un problema, no tienen escrúpulos para comerse un caballo o un ejército entero. Si un hombre de 180 cm de altura y 90 kilos de peso necesita unas 3.600 calorías al día para mantenerse, se puede deducir que un dragón de una tonelada necesitaría consumir unas 36.000 calorías al día, lo que supone poco más de 18 kg de carne. No parece demasiado. Además, hay que contar con una característica exclusiva que supone una gran ventaja en este tema: el fuego. Se necesita tener el cuerpo caliente para volar, los insectos se ponen al sol y las aves cuentan con un metabolismo acelerado con el que generan ese calor quemando calorías. Si los dragones pudiesen calentarse usando su propio fuego necesitarían una ingesta calórica proporcionalmente más baja que un pájaro o un mamífero. De este modo, como los enormes pterosaurios que poblaron la tierra hace más de 65 millones de años, podrían realizar viajes de miles de kilómetros a velocidades superiores a los 100 km/h.

En lo que respecta a lanzar fuego por la boca, la base biológica es más complicada. Un dragón podría generar un material inflamable, como el metano, que realmente emana del cuerpo de muchos animales, como las vacas. Pero conseguir la chispa que lo encienda parece más complicado. Una posible solución sería contar con un mecanismo similar al de los escarabajos bombarderos Brachinus spp. (Coleoptera, Carabidae) que son capaces de originar pequeñas explosiones mezclando diversas sustancias químicas de su cuerpo. También se podría elucubrar acerca de la síntesis de alguna enzima inflamable que vertiesen al estómago y pudieran regurgitar o bien generar en algunas glándulas cercanas a la boca (como el veneno de algunos ofidios). Podrían  expulsar este líquido contrayendo los músculos de la garganta y éste se inflamaría al entrar en contacto con el oxígeno del aire. Difícil, pero...



http://dragonage.wikia.com/wiki/High_dragon


Pocos animales han fascinado tanto a la humanidad a lo largo de la historia como el dragón. Durante siglos ha sido un ser imponente, el rey de los animales fantásticos. Nadie sabe cómo es pero todo el mundo lo imagina. El dragón clásico occidental, habitualmente empleado en heráldica y en numerosos motivos artísticos, es similar al descrito. Con diversas modificaciones suelen representarse como un reptil monstruoso revestido de un armazón impenetrable, largo cuello, con dos o cuatro extremidades acabadas en garras afiladas, una cola poderosa que termina en un aguijón en punta de flecha, alas similares a las de un murciélago y fauces poderosas de las que a menudo salen lenguas de fuego. Las imágenes más conocidas nos remiten a devoradores de doncellas, guardianes de tesoros, víctimas feroces ensartadas en lanzas de santos o héroes, deidades etéreas que se desplazan por el cielo con eterna parsimonia, monstruos con alas y colores de ensueño... El dragón (del griego Drakon: serpiente, víbora) es la némesis de héroes mitológicos y medievales; personifica el mal, el paganismo y la muerte, pero también la benevolencia, la vida y la sabiduría. Todo eso y más es un dragón. 

El simbolismo del dragón es el de una serpiente elevada a la enésima potencia y dotada, según el caso, de patas, alas, fuego o múltiples cabezas. En Occidente se tiene por una criatura malvada e infernal pero otras culturas lo consideran un ser tan poderoso como benévolo. En el arte occidental también es atributo de la vigilancia, la prudencia, la fortaleza moral, la lógica o el fuego. Se comparaba con el sol por su mirada penetrante y su naturaleza vigilante «por esa razón se asigna a los dragones la vigilancia de las casas, de los santuarios, de los templos donde se consultan los oráculos y de los tesoros», dice Macrobio (Saturnalia I, 20). En la antigua Mesopotamia se pensaba que un dragón creó las estrellas y los planetas con la parte superior de su cuerpo y la Tierra con la inferior, y de sus ojos manaron los ríos Tigris y Éufrates. En la mitología clásica el dragón aparece con cierta frecuencia: en los trabajos de Hércules, guardando el Toisón de Oro y el árbol de las manzanas de oro; custodiando templos como el oráculo de Delfos o una fuente consagrada a Ares; luchando con héroes. En la Ilíada escribe Homero que el escudo de Agamenón lucía un dragón tricéfalo azul. En la guerra contra los dioses los gigantes arrojaron un dragón contra Minerva quien se deshizo de él lanzándolo hacia el cielo y envolviéndolo alrededor del polo. Aún está allí y puede verse por las noches junto al polo norte celeste. Es la constelación de Draco (Higino, Astronomía poética II, 3. Eratóstenes, Catasterismos 3.) También en la mitología romana aparece en su papel de vigilante eterno custodiando las manzanas de oro del jardín de las Hespérides o como una gran serpiente enroscada en el Árbol de la Sabiduría. Goza del mismo modo de un papel importante en las mitologías de la Europa septentrional: custodia tesoros y lucha con Sigfrido en leyendas germánicas del mismo modo que aparece en los escudos de los piratas escandinavos o como mascarón de proa en las naves vikingas. 



  













Constelación de Draco
https://www.constelaciones.info/draco/

                                                                
 Mascarón de proa de nave vikinga
 https://www.pinterest.fr/pin/496662665148780588/


En los primeros tratados de historia natural el dragón aparece como un animal más. Plinio (Historia natural VIII, 11) refiere una fabulosa leyenda según la cual, el dragón es un animal tan caliente que ha de enfriarse en verano y para ello pretende la sangre del elefante que es notablemente fría. Entonces ataca al paquidermo, se enrosca en su cuerpo y le clava los dientes, una imagen profusamente representada en los tratados clásicos y medievales. El elefante, exangüe, acaba cayendo al suelo pero también muere el dragón aplastado por el peso del su víctima. 


Del dragón se obtenían algunos derivados útiles. En época romana se elaboraba una poción que hacía invencibles a los hombres. Contenía médula y pelo de león, la espuma de un caballo que acabase de ganar una carrera, uñas de perro y la cola y la cabeza de un dragón. Un brebaje a partir de ojos de dragón secos batidos con miel constituía un linimento eficaz contra las pesadillas. La grasa del corazón del dragón guardada en la piel de una gacela y atada al brazo con los tendones de un ciervo aseguraba el éxito en los juicios. Y los dientes que se ataban al cuerpo hacían a los amos más indulgentes y a los reyes más graciosos.


La asociación del dragón con el mal se produce a partir de la expansión del cristianismo. En el Antiguo Testamento se hace referencia a monstruos que frecuentemente son interpretados como dragones (Salmos 1,13; 74,13. Daniel 14, 23–27. Isaías 27, 1). En el Nuevo Testamento el dragón es una de las bestias infernales que proliferan en el Apocalipsis encarnando al peor de los enemigos: «Luego vi que un ángel descendía del cielo, llevando en su mano la llave del abismo y una enorme cadena. Él capturó al Dragón, la antigua serpiente —que es el diablo o Satanás— y lo encadenó por mil años. Después lo arrojó al abismo, lo cerró con llave y lo selló, para que el Dragón no pudiera seducir a los pueblos paganos hasta que se cumplieran los mil años» (Apocalipsis 20, 1–3). En otro pasaje es descrito con siete cabezas, la terrible encarnación del gran destructor. De esta forma se refleja en los magníficos códices ilustrados de los Comentarios al Apocalipsis de Beato de Liébana:
  «Y apareció en el cielo un gran signo: una mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza. Estaba embarazada y gritaba de dolor porque iba a dar a luz. Y apareció en el cielo otro signo: un enorme dragón rojo como el fuego, con siete cabezas y diez cuernos, y en cada cabeza tenía una diadema. Su cola arrastraba una tercera parte de las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra. El dragón se puso delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera. La mujer tuvo un hijo varón que debía regir a todas las naciones con un cetro de hierro. Pero el hijo fue elevado hasta Dios y hasta su trono, y la mujer huyó al desierto (...) Entonces se libró una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón, y este contraatacó con sus ángeles, pero fueron vencidos y expulsados del cielo. Y así fue precipitado el enorme dragón, la antigua serpiente, llamada diablo o Satanás, (...) al verse precipitado sobre la tierra, se lanzó en persecución de la mujer que había dado a luz a su hijo. Pero la mujer recibió las dos alas del gran águila para volar hasta su refugio en el desierto donde debía ser alimentada durante tres años y medio, lejos de la serpiente. La serpiente vomitó detrás de la mujer un río de agua para que la arrastrara. Pero la tierra vino en su ayuda: abrió su boca y se tragó el río que el dragón había vomitado. El dragón, enfurecido contra la mujer, se fue a luchar contra el resto de su descendencia, contra los que obedecen los mandamientos de Dios» (Apocalipsis 12, 1–18).

 

Los bestiarios y otros escritos acabaron por perpetuar la imagen del dragón asociada al diablo. Para ello, los primitivos autores cristianos exageraban su descripción. Para san Isidoro de Sevilla el demonio era el más grande de todos los reptiles, como un dragón con cresta o corona. Desde el siglo III, los emperadores romanos, ya cristianos, se hacían representar pisando al dragón como símbolo de su triunfo sobre la idolatría. Son imágenes similares a las actuales en las que el dragón aparece a los pies de los santos de la Iglesia. El cristianismo concibió la existencia como una continua lucha contra el Mal y nada mejor para expresar esta idea que un combate contra el dragón. Para los antiguos persas «cuando la serpiente encuentra oportunidad se vuelve dragón» lo que suele pasar cuando «alcanza los treinta metros de longitud y los cien años de edad». También el Bestiario de Cambridge, lo describe como una serpiente gigante, «el mayor de todos los seres vivos de la Tierra» que nace en Etiopía y en la India, lugares donde el calor es perpetuo. Cuando sale de su cueva a menudo se eleva a los cielos y el aire a su alrededor se vuelve ardiente. El Bestiario de Philippe de Thäun (siglo XII) advierte «que el dragón tiene forma de serpiente, es crestado y alado, tiene dos pies y dientes, se defiende con la cola y hace daño a las gentes». Su relación con los santos de la Iglesia se refleja en las hagiografías recopiladas a mediados del siglo XIII por el dominico italiano Jacobo da Vorágine en la Leyenda áurea. El enfrentamiento de un santo con el dragón se remonta a las fuentes de la tradición hagiográfica cristiana y está relatado en leyendas de los primeros tiempos del cristianismo. Especial mención merecen en el apartado hagiográfico las figuras de santa Margarita y santa Marina. La leyenda cuenta que el diablo en forma de dragón se apareció a Santa Margarita de Antioquía y la engulló pero ella logró salir de su interior utilizando un crucifijo con el que rajó las entrañas del monstruo. Por este hecho se la considera abogada protectora de las parturientas. Un segundo demonio en forma de dragón trató de atacarla pero también logra salvarse por la fuerza de su fe y con su inocente mirada consiguió dominarlo y hacer que la siguiera como un perrito faldero. 


Santa Margarita (1631) oleo del pintor extremeño Francisco de Zurbarán (National Gallery, Londres).



Ambas santas cuentan en Extremadura con algunos lugares devocionales (Cañaveral, Badajoz, Ahigal, Zarza Capilla, etc.) y las dos se representan con un dragón derrotado a sus pies. Santa Marina muestra además una peculiar relación con los manantiales y las aguas termales de ahí que existan diversas ermitas bajo su advocación en las proximidades de estos lugares. 




Santa Margarita /Marina saliendo de las entrañas del dragón (manuscrito francés del siglo XV) 

Otra historia legendaria es el caso santa Marta, la hermana de María y de Lázaro, quien según los evangelios fue resucitado de entre los muertos. Según la leyenda, Marta fue perseguida tras la crucifixión de Jesús y abandonada junto a sus hermanos en una barca sin timón ni aparejo alguno a merced de los vientos y las olas del mar. Llegaron a la deriva hasta el sur de Francia donde ella predicó su fe y alcanzó gran fama por acabar con un dragón que desde hacía tiempo aterrorizaba a los habitantes del lugar. Se trata de la célebre Tarasca (a la que dedicaremos otro espacio) a la que vence con la única ayuda de la cruz y de agua bendita. En  Extremadura da nombre a dos municipios: Santa Marta de Magasca, en Cáceres, y Santa Marta de los Barros, en Badajoz, en cuyo escudo, claro, aparece un dragón:
 Escudo de Santa Marta, en Tierra de Barros, en el que entre otrso motivos heráldicos, figura un dragón.

Pero sin duda el caso más conocido de los santos vencedores del dragón es el de san Jorge, patrón de Cáceres. Como veremos en la siguiente entrada, la devoción al santo se remonta siglos atrás, desde que las tropas cristianas al mando del rey leonés Alfonso IX reconquistaron la ciudad la víspera del 23 de abril de 1229, festividad de san Jorge, que era a su vez patrón de las órdenes de caballería. El ayuntamiento declaró al santo patrón de la ciudad y su fiesta se conmemora de forma institucional desde 1917 aunque hay datos de celebraciones de la misma en el siglo XVI.
 
Paolo Uccello - San Jorge y el dragón (h.1470, óleo sobre lienzo, 55 x 74 cm, National Gallery, Londres)


La leyenda de san Jorge y el dragón tiene su origen en el siglo IX. Es uno de esos acontecimientos que el historiador romano Salustio (siglo I a.C.) cataloga como «estas cosas que jamás ocurrieron, pero existen siempre». La historia es bien conocida en Europa y Asia Menor y probablemente sea el origen de los cuentos sobre princesas y dragones. A grandes rasgos, se cuenta cómo san Jorge llegó a una ciudad que estaba amenazada por un feroz dragón. Para librarse del monstruo, los atemorizados habitantes del lugar se veían obligados a ofrecerle diariamente un sacrificio humano, hasta que un día le tocó el turno a la princesa, única hija del rey. Cuando la doncella marchaba a enfrentase a su fatal destino se encontró con san Jorge a caballo. Éste se enfrentó con el dragón dándole muerte y salvando a la dama y a toda la ciudad. En agradecimiento, sus habitantes se convirtieron al cristianismo. Los historiadores coinciden en que Jorge fue un tribuno romano que vivió en Capadocia a finales del siglo III. Llegó a ser miembro de la guardia personal del emperador Diocleciano, feroz perseguidor de los cristianos. Jorge fue martirizado a causa de su fe cristiana por lo que fue canonizado en el año 494. Actualmente goza de amplia devoción, es un santo de enorme importancia en la iglesia ortodoxa; san Jorge Megalomártir es patrón de Inglaterra, de Portugal o de Georgia (claro está); de Aragón y Cataluña, de Cáceres, o de los Boy Scouts. La leyenda puede tener un origen anterior al cristianismo pues comparte elementos con mitos romanos y griegos. La lucha de san Jorge con el dragón es uno de esos mitos universales que perpetúa el combate mítico del héroe contra el monstruo. La misma lucha que aparece en todas las culturas mediterráneas desde el primitivo enfrentamiento de Apolo contra Pitón en Delfos y se repite a lo largo de la historia en otros pueblos tan distantes en el tiempo y en el espacio como los hititas, los vikingos, los hindúes o los aztecas. En todos los casos existe esta confrontación en la que dioses o héroes han de vencer a la fiera. La razón humana expulsó hace siglos las ficciones antiguas del universo de la ciencia y la lógica, sin embargo, los mitos siguen presentes en nuestras creencias y de un modo u otro forman parte de las herramientas científicas. Del mismo modo que el complejo de Edipo regula las relaciones paterno filiares, la lucha contra el dragón sigue simbolizando el combate iniciático del hombre.
 

Es evidente que en la antigüedad se creía firmemente en aquellos mitos forjados para explicar los fenómenos que superaban nuestro entendimiento. Desde que comenzaron a estudiarse a principios del XIX, historiadores, antropólogos y psicólogos han puesto de manifiesto el origen de numerosos mitos y leyendas universales, muchos de los cuales sobreviven hoy en forma de cuentos populares europeos. Así, la lucha del invencible Hércules no dista mucho de la de san Jorge frente al dragón, ni éste del pequeño Pulgarcito que tiene que vencer al ogro en el cuento infantil. Se trata de relatos con la misma estructura, instrumentos del mismo pensamiento lógico primitivo en el que los héroes tienen la misma función. También en la tradición oral extremeña existen varios cuentos, recopilados por Marciano Curiel, que tienen como protagonista al héroe que ha de vencer al dragón.



Simbólicamente san Jorge acaba con un dragón que encarna el paganismo, la idolatría, el mal, el diablo. Esta y otras historias tratan de la victoria del Bien sobre el Mal representado el primero como un valiente caballero o una inocente doncella y el segundo como una fiera. Sería un error de bulto si examináramos los mitos desde un empirismo estricto y si asimilásemos los relatos fabulosos a crónicas del pasado. Es el error que comete quien busca dragones en la prehistoria porque considera que los cuentos maravillosos han conservado su recuerdo. Es evidente que los dragones no han existido nunca pero no dejan de ser  figuras históricas, reflejos de ilusiones tan auténticas como irreales.




El combate de san Jorge, de Jost Haller (1445-1450)



Una característica trascendente del dragón es que es una criatura en la que de forma armoniosa se funden rasgos de animales de tierra, mar y aire. Representan el perfecto equilibrio entre monstruosidad y belleza, entre lo creíble y lo increíble. Todo un emblema del poder de la naturaleza. Por eso su importancia simbólica se basa siempre en la lucha, con un dios o un héroe (Hércules, Perseo, Sigfrido, san Jorge). En la alquimia, por ejemplo, el dragón es la fuerza que permite regenerarse y evolucionar; representa la unión de los cuatro elementos: el Fuego que escupe por la boca, el Aire que representan sus alas, el Agua que inspira el movimiento ondulado de su cola y la Tierra por sus garras poderosas. Este fabuloso animal que chapotea en humedales, se esconde en una cueva subterránea, vuela por el aire y expulsa fuego por la boca, es una de las bestias más antiguas y, sin duda, la más completa de las imaginadas por el hombre. Su simbología resulta más que compleja. En Oriente los dragones son criaturas benéficas, símbolos de sabiduría, de buena fortuna y, sobre todo, alegorías de poder, fuerza y conocimiento. En la antigua China era el símbolo imperial del país, el trono del emperador se llamó Trono del dragón y cuando el mandatario moría se decía que había ascendido al firmamento sobre un dragón. En Oriente Medio, en cambio, el dragón siempre ha sido símbolo del mal y así aparece en la Biblia. 

Draconarius (imagen de Wikipedia)

La complejidad del tema se pone de manifiesto en la mitología romana que en un tiempo consideró al dragón un símbolo de poder y sabiduría. Era la insignia de la cohorte como el águila lo es de la legión, formada por diez cohortes. Durante el Último Imperio (siglos III–V d.C.) las unidades de caballería empleaban estos estandartes –dracos– y los disponían al frente de las tropas. Estaban formados por una cabeza de metal, a modo de feroces serpientes gigantescas, con la boca abierta y una manga cilíndrica de tela o cuero que se inflaba con el aire al tomar velocidad. El draco era portado por un jinete llamado draconarius. Este es el origen de los regimientos de dragones –soldados que prestan su servicio a pie o a caballo– que aún conservan ese nombre. 

Pero el caso de los romanos es una excepción en la cultura occidental. La idea mayoritaria es la que los cristianos adoptan de Oriente Medio: la imagen hebrea del dragón terrible y maligno que describe el Apocalipsis. Por ello en el arte medieval simboliza el pecado y suele aparecer bajo los pies de los santos que encarnan el triunfo de la fe y la virtud. Los estilos y modelos iconográficos del dragón son sumamente variados. Pero al margen de estas fabulosas imágenes, podemos hablar de dragones más reales. Las pruebas más auténticas de la existencia de dragones, las que han alimentado tantas leyendas, se corresponden con fósiles de dinosaurios, caimanes o cocodrilos. Tampoco hay que olvidar al propio dragón de Komodo (Varanus komodoensis):
El mayor lagarto del mundo se conoce como dragón de Komodo (Varanus komodoensis). Puede alcanzar los 100 kg de peso y hasta 3 m de longitud. Se trata de un enorme reptil de la familia de los Varánidos que sólo habita en cuatro pequeñas islas de Indonesia. No fue descubierto para la ciencia hasta 1910. Su gran lengua bífida y su nociva saliva, habitualmente mezclada con sangre, hacen posible incluso imaginar fuego en su boca.



Todo lo anterior nos lleva a buscar el rastro del dragón en otros lugares, no tan lejanos como pudiera parecer… Y sin salir de Extremadura.

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