Personas interesantes

Mostrando entradas con la etiqueta Llanos de Cáceres. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Llanos de Cáceres. Mostrar todas las entradas

lunes, 4 de diciembre de 2017

Mirar al cielo

 La Vía Láctea sobre el antiguo puente mesteño sobre el Salor, cerca de Aliseda (Cáceres)


Mirar al cielo es sorprenderse, es recordar, es olvidar. Mirar al cielo es ver el pasado y elucubrar los futuros. Mirar al cielo es descubrir el sentido de muchas cosas y la falta de sentido de otras. Mirar al cielo es admirar y asombrarse.

 
Los seres humanos llevamos milenios elevando la vista al cielo y tratando de desentrañar ese misterio inalcanzable que se revela cada noche y nos ilumina cada día. Todos los pueblos primitivos creyeron encontrar en los astros las respuestas que no tenían y ubicaron allí arriba seres fabulosos, mitos y dioses que aún nos fascinan.

La Vía Láctea en un paisaje bañado por la luna llena a tres kilómetros de Cáceres 

Mirar al cielo es descubrir. Es sumergirse en la Vía Láctea, nuestra propia galaxia, y deleitarse ante esa inconcebible conjunción de trescientos mil millones de estrellas en forma de espiral con un diámetro de un trillón y medio de kilómetros. Su nombre, que significa «camino de leche», se debe al tenue aspecto blanquecino que presenta en el cielo nocturno. Aunque es más hermosa la explicación mitológica que asegura que se formó por la leche que brotó del pecho de Hera, esposa de Zeus, cuando ésta no quiso amamantar, y apartó de su seno, a un bebé ilegítimo llamado Hércules.


                          Monumento Natural de Los Barruecos (Malpartida de Cáceres) 


Mirar al cielo es contemplar el inmutable camino de los planetas que, como la Tierra, orbitan en torno al Sol, cuerpos celestes bautizados como dioses romanos y que dan nombre a los días de la semana. Mercurio, el mensajero de los dioses; Venus, la estrella vespertina y matutina, que lleva el nombre de la diosa del amor y la belleza; Marte, el planeta rojo, debe su nombre al dios de la guerra; Júpiter, el gigante gaseoso, trescientas veces mayor que la Tierra, llamado igual que el dios supremo de los romanos; Saturno, padre de Júpiter, rodeado de un fascinante sistema de anillos que pueden verse con unos simples prismáticos; Urano, dios del cielo de la mitología griega; Neptuno, dios romano del agua, al que corresponde con su vivo color azul; o el lejano Plutón, dios del inframundo, que ni siquiera se considera un auténtico planeta.



Mirar al cielo es fantasear con el Zodíaco, como se conoce la banda celeste por la que a lo largo del año transitan la Luna, los planetas y –aparentemente– el Sol. Fascinaba a los antiguos y sigue encandilando a los ingenuos con sus doce signos astrológicos representados por otras tantas constelaciones: Aries, el carnero cuyo vellocino de oro fue perseguido por Jasón y los argonautas. Tauro, que alberga las famosas Pléyades, y conmemora al temible toro de Creta y al animal cuya forma adquirió Zeus para seducir a Europa. Géminis, los gemelos, con dos estrellas que recuerdan a los héroes mitológicos Cástor y Pólux. Cáncer, el cangrejo que ayudó a la hidra de Lerna a luchar contra Hércules. Leo, el león de Nemea, cuya piel usó Hércules para cubrirse después de estrangularlo con sus propias manos. Virgo, que celebra la lealtad de la hija de Zeus que portaba los rayos de su padre en la guerra contra los titanes. Libra, la balanza, símbolo de sabiduría y justicia, que los romanos asociaban con Julio César. Escorpio, el escorpión que la diosa Artemisa envió a dar muerte al cazador Orión. Sagitario, el centauro Quirón, el más sabio de los médicos y maestros de la antigüedad. Capricornio, representación de la cabra Amaltea que amamantó a Zeus, que tiene cola de pez desde que el dios Pan saltó al Nilo y la mitad inferior de su cuerpo tomó esa forma. Acuario, que los sumerios bautizaron en honor del dios que derramaba el agua sobre la Tierra y para los griegos encarnaba al joven Ganímedes, que escanciaba las copas de los dioses del Olimpo, y cautivó a Zeus con su belleza. Piscis, que representa la forma que adoptaron Venus y Cupido cuando huyeron de los titanes, eternamente unidos por un hilo de plata.



La constelación de Orión, sobre el horizonte, tras la torre de Mayoralgo (Cáceres)

Mirar al cielo es adivinar formas imaginarias en las constelaciones, las mismas que siglos atrás orientaron a viajeros y navegantes y fijaban calendarios agrícolas y fiestas religiosas. Entre las ochenta y ocho que oficialmente se cuentan destacan algunas muy conocidas y visibles. Es el caso de Orión, El cazador, probablemente la constelación más hermosa y conocida del cielo. Se observa en el hemisferio norte en invierno y en el sur en verano. Muy fácil de encontrar por las tres estrellas que forman su cinturón y las supergigantes Rigel y Betelgeuse, muy presentes en las mitologías de los pueblos de la antigüedad. Para los griegos Orión era un gigante, compañero de caza de Artemisa, diosa de la caza y de los animales salvajes, cuando éste se propuso aniquilar a todos los animales, la diosa se enfureció tanto que hizo que un enorme escorpión le picara y causara su muerte. La implacable persecución continúa y, cada noche, cuando el escorpión –Escorpio– aparece por el este, Orión se oculta por el oeste. El Cazador aparece en el cielo acompañado por sus dos perros, las constelaciones de Canis Menor y Canis Mayor. En esta última se encuentra Sirio, la estrella más brillante del cielo nocturno, fácilmente localizable por su brillo y prolongando hacia el sureste la línea imaginaria del conocido cinturón de Orión. Sirio es visible desde la práctica totalidad de la tierra habitada por lo que figura en la cultura de todas las civilizaciones desde la Prehistoria, especialmente, en el Antiguo Egipto, donde tenía carácter divino, pues su aparición el cielo justo antes de salir el Sol anunciaba las crecidas del Nilo.




La constelación de Casiopea sobre las ruinas del puente romano de Alconétar

Mirar al cielo es compartir leyendas tan seductoras como la asociada a la constelación de Casiopea, fácil de identificar por las cinco estrellas que se disponen en forma de W en el norte celeste (imagen superior). Casiopea, reina de Etiopía, presumía de que su hija, Andrómeda, era aún más bella que las Nereidas, las hermosas ninfas de los mares. Enojado por su atrevimiento Poseidón, dios del mar, envió al monstruo marino Cetus para destruir las costas de su país. El oráculo avisó de que el único modo de paliar la devastación que se avecinaba era ofrecer en sacrificio a la propia Andrómeda, de modo que ésta fue encadenada frente al mar para afrontar su cruel destino. Pero antes de que la bestia pudiera devorarla, la hermosa joven fue liberada por Perseo a lomos de Pegaso, el caballo alado. Los dioses colocaron en las estrellas a todos los protagonistas. Destaca la galaxia de Andrómeda, en la constelación del mismo nombre, que es el objeto visible a simple vista más lejano de la Tierra, a 2,5 millones de años luz.

Castillo de las Arguijuelas de Arriba (Cáceres)


Mirar al cielo es identificar la constelación más popular, la Osa Mayor, que rota en torno al norte. La mitología la asocia con la ninfa Calisto, que fue convertida en osa por la diosa Hera porque estaba celosa de su belleza, y luego ubicada por Zeus entre las estrellas para evitar que fuera cazada accidentalmente por su propia hija. Ésta también fue convertida en el mismo animal por Artemisa. Es la Osa Menor, cuya estrella Polar indica el norte geográfico. Ambas tienen un aspecto similar con siete estrellas en forma de carro o cuchara.


Cielo nocturno sobre los Llanos de Cáceres, desde El Risco (Sierra de Fuentes)


Mirar al cielo es el mayor espectáculo del mundo. Y verlo limpio y claro –de día y de noche– es un privilegio, otro más, del que se puede disfrutar en Extremadura.


Mirar al cielo es aprender, es descubrir. Mirar al cielo es verte.




Este artículo se ha publicado en el libro Cielos de Extremadura que ha editado la Fundación Xavier de Salas con el patrocinio de la Dirección General de Turismo de la Junta de Extremadura. 


lunes, 16 de febrero de 2015

Casa del Aire


Esta es la primera de una serie de entradas dedicadas a algunos de los muchos castillos y casas fuertes medievales que se encuentran en el entorno inmediato de la ciudad de Cáceres. Son lugares que, como ya mencionamos hace unas semanas (ver aquí), aúnan a la perfección cultura y naturaleza.



La Casa del Aire es una vetusta construcción levantada a finales del siglo XV sobre un somero afloramiento rocoso en los alrededores del río Salor a pocos kilómetros de Cáceres. Se trata de una amplia zona de llanos con buenos pastos capaces de mantener una importante cabaña ovina. Todavía se dedica la casa a fines agropecuarios.



Como apunta el profesor Antonio Navareño, aún se aprecia el primitivo carácter defensivo de esta recia construcción que desde hace medio milenio desafía el paso del tiempo en las cercanías de la carretera de Badajoz.




Junto a la casa se ubican  diversas dependencias de uso agropecuario, como tinados, pajares y gallinero, un chozo de horma y unas notables cochiqueras de piedra seca techadas con falsas bóvedas  y tierra compactada.




Entre los propietarios del inmueble y las tierras de alrededor se citan ilustres nobles cacerenses como García Golfín de Carvajal, a cuya familia ha pertenecido durante más de 400 años.



Originalmente se compartimentaba en tres bloques simétricos, con un cuerpo central de dos pisos flanqueado por dos torres con matacanes, como se vislumbra en la imagen. Sucesivas reformas a base de ladrillo y sillarejo la han convertido en un bloque uniforme, estrecho y alargado, de tres pisos de altura que le resta aspecto defensivo, mas sigue imponente dominando el paisaje de pastos, dehesas y berrocales.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Un paseo por la historia y la fauna del entorno de Cáceres


En el entorno de la monumental ciudad de Cáceres se localiza un nutrido número de torres, castillos, palacios y casas fuertes que levantaron los nobles antaño con el fin de defender primero y explotar después sus cotos y dehesas. El devenir de los siglos ha afectado de manera muy diferente a estos inmuebles. Mientras que algunos aún gozan de su pleno apogeo otros están a punto de desaparecer en la más completa ruina. Los hay que siguen manteniendo su función primitiva o que se han transformado hasta convertirse en auténticos cortijos. Actualmente, suponen uno de los muchos atractivos de Extremadura que reflejan la perfecta comunión del patrimonio histórico con la naturaleza.



Da inicio este somero –y necesariamente incompleto– paseo por uno de los edificios más visibles y elegantes del conjunto (imágenes superior e inferior):



La Quinta de la Enjarada desafía el paso del tiempo a las afueras de la ciudad en la cima de una pequeña colina que actualmente domina el cruce de la Autovía de la Plata con la carretera que une Cáceres y Badajoz. Se trata de un hermoso edificio de aires italianizantes que en su momento de máximo esplendor perteneció a los Carvajal. Según cuenta el historiador local Francisco Acedo en uno de sus Paseos por la eternidad, su aspecto actual se debe a las obras que realizara en la primera mitad del siglo XVI Francisco de Carvajal, arcediano de la catedral de Plasencia; un prohombre de su época que levantó un buen número de ermitas, palacios y puentes o sufragó el sublime retablo policromado de Alonso de Berruguete que engalana la iglesia de Santiago en Cáceres. La casa es una construcción a dos alturas con una doble logia porticada a la italiana similar a la fachada del palacio de Piedrasalbas que se yergue en la Plaza Mayor de Trujillo. En la planta inferior se observan arcos escarzanos y robustos contrafuertes mientras que en la superior son arcos de medio punto sostenidos en columnas toscanas. Por todo el conjunto se aprecian escudos esgrafiados de los Carvajal.


En los alrededores de la casa principal, se observan restos de las torres de la antigua construcción, una capilla palatina de planta cuadrangular (imagen superior) y diversas construcciones, en precario estado, dedicadas a actividades agropecuarias. A modo de curiosidad, cabe citar los espectaculares frescos que decoran las paredes de las caballerizas, un corpus pictórico que podría dejar atónito al visitante más desprevenido pues no son más que los restos del rodaje de «1492: La conquista del paraíso» (Ridley Scott, 1992) que la pátina del tiempo parece haber dotado de una espuria autenticidad. Al margen de la ficción cinematográfica, el episodio histórico más notable vivido en La Enjarada acontece en 1583 cuando el todopoderoso rey Felipe II se aloja en la casa al regreso de su viaje de toma de posesión de la corona de Portugal.

El monumento, y unas ocho hectáreas a su alrededor, conforma una peculiar Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) declarada para la conservación de las 20–25 parejas de cernícalo primilla (Falco naumanni) que se reproducen en los numerosos huecos que tapizan sus muros y encuentran su alimento en los pastizales del entorno inmediato.




Apenas a tres kilómetros al sur se encuentran los restos de la pequeña fortaleza de La Carretona (imagen superior). Se trata de un peculiar conjunto formado por una torre cuadrada –hoy desmochada, mal tejada y abandonada– que se levanta en el interior de un pequeño patio de armas cerrado por una muralla cuadrangular rematada en tres de sus cuatro esquinas por sólidos baluartes. El castillo fue levantado en 1476 por el mariscal Alfón de Torres que contó con autorización expresa de la reina Isabel la Católica. Se construyó para la defensa de la dehesa y del ganado ovino de aquellas tierras. Además de su fábrica, diversos elementos en forma de murallas, almenas, troneras o saeteras ponen en evidencia su eminente carácter defensivo. Incluso estuvo dotado de piezas de artillería, aunque su existencia obedece realmente a una demostración de poder más simbólica que efectiva. A mediados del siglo XV Alfón de Torres era un personaje de gran influencia en la corte; en 1465 fue nombrado Mariscal de Castilla por Enrique IV que le encargó la tenencia del Alcázar de Cáceres en su nombre. También gozó de enorme prestigio en tiempos de los Reyes Católicos. En la actualidad, el monumento languidece con cochiqueras adosadas al interior de su noble muralla y asediado por tristes edificios agropecuarios. Aunque el solar se encuentra a poca distancia del casco urbano de Cáceres y a unos cientos de metros de la muy transitada Ex­-100, no es visible desde la carretera y sigue siendo poco conocido aun siendo fácilmente accesible. Aparentemente La Carretona no está situada sobre ningún altozano pero la orografía del terreno facilita que desde este punto se contemple una espectacular vista de la penillanura que forma parte de la ZEPA Llanos de Cáceres y Sierra de Fuentes. Lo que se ve desde aquí son amplias dehesas y pastizales que se desparraman hacia el Sur, hasta las faldas de la sierra de Montánchez, y hacia el Oeste, donde se levanta la sierra de San Pedro.



Los Llanos de Cáceres es un espacio protegido de unas 70.000 hectáreas que envuelve la capital cacereña por tres de sus cuatro puntos cardinales. Los Llanos albergan importantes poblaciones de aves y hábitats de importancia comunitaria como bosques de encinas y alcornoques, zonas subestépicas de gramíneas o prados mediterráneos de hierbas altas. Entre la avifauna, y al margen de las ya citadas, destacan notables poblaciones de majestuosas avutardas (Otis tarda) (imagen superior) que comparten hábitat con sisones (T. tetrax), alcaravanes (B. oedicnemus), gangas (P. alchata) y ortegas (P. orientalis); así como nutridos bandos de grullas (G. grus), coloridas carracas (C. garrulus) y un buen número de rapaces como milanos (M. migrans; M. milvus), cernícalo vulgar (F. tinnunculus), aguilucho cenizo, (C. pygargus), alimoche (N. percnopterus), elanio azul (E. caeruleus) o buitres leonados (G. fulvus) que suelen formar llamativas concentraciones en torno al cadáver de algún animal o a una corriente térmica que los eleve sin esfuerzo (imagen inferior).




Desde este promontorio se observan también otras casonas de interés. Al Sur, la casa fuerte de Martina Gómez domina un vasto terreno destinado al pasto de ganado ovino y bovino (imagen superior). Aún recibe el nombre de Martina Gómez Espadero, noble cacereña a quien perteneció en el siglo XIV. El conjunto, muy transformado a lo largo de los siglos para fines agropecuarios, conserva interesantes elementos entre los que destacan un par de baluartes de la antigua muralla –uno de ellos convertido en horno de pan– y un notable conjunto de los más nobles blasones cacerenses que fueron emparentando con la propiedad. Unas pocas parejas de cernícalos primilla frecuentan los cazaderos próximos desde los desvencijados tejados centenarios. A pocos metros, se encuentran otros edificios de interés entre los que destaca Las Seguras, muy conocido por su aspecto de castillo de cuentos junto a la carretera de Badajoz, imagen que le dio el conde de Canilleros hace un siglo. En sus jardines, por cierto, hubo avutardas en cautividad. Pero esa es otra historia…


En dirección sureste, se vislumbran desafiantes los populares castillos de las Arguijuelas, ya en la carretera de Mérida. Muy cerca se levanta otro punto de interés, por ser menos conocido y servir de soporte a una llamativa colonia de cigüeñas blancas. El castillo de Mayoralgo, o de Garabato (imagen derecha), es una de las numerosas fortalezas que jalonan la Vía de la Plata al sur de la ciudad de Cáceres. Se erigió a principios del siglo XIV para defender las propiedades que los nobles obtuvieron tras la conquista de estas tierras. Un par de siglos más tarde, apaciguada la sociedad castellana, el castillo pierde su razón de ser, cae en desuso y posterior ruina. Lo que hoy contemplamos al pasar por la N-630, junto a la calzada romana y sobre un roquedo de escasa altura, es una elegante fortaleza típicamente medieval que a duras penas aguanta la acción de los elementos. Aún se conservan los aljibes, varios lienzos del doble sistema de murallas y la torre del homenaje, orgullosamente almenada. La otrora imponente fortaleza de los Mayoralgo es en la actualidad un Monumento en estado de completo abandono que amenaza ruina inminente. Sus agrietados muros de mampostería reforzada con sillares de granito­ están tomados por la vegetación y coronados por inmensos nidos de cigüeñas que dominan desde su privilegiada atalaya, varias veces centenaria, la amplia llanura que se abre a Occidente.



Otra interesante colonia de cigüeñas es la que se encuentra sobre un grupo de eucaliptos en la dehesa de El Trasquilón a unos 6 km al sur de Cáceres. Domina la propiedad una espectacular casa palaciega rodeada de diversas construcciones de uso agropecuario (imagen superior). El señorial edificio fue levantado en la primera mitad del siglo XVIII por Pedro Roco de Godoy y María Francisca Golfín del Águila. Los blasones de ambos, ilustres apellidos cacerenses, lucen sobre el airoso balcón rectangular recercado por casetones almohadillados que se sitúa sobre la portada de la fachada principal construida en sillería. Corona el tejado una espectacular linterna hoy blanqueada. En el interior hay que citar el impresionante conjunto de miliarios en óptimo estado de conservación que hace siglos fueron recogidos en la cercana Vía de la Plata para servir como columnas de las caballerizas. Curioso y dudoso destino el de estas nobles piedras talladas por manos romanas que a sus dos mil años de edad siguen sosteniendo arcos y techos; un trabajo inimaginable para su fin primigenio pero que a la postre ha permitido su conservación. En las inmediaciones existen explotaciones mineras de las que se extrajo cuarzo y estaño hasta la década de 1970. Desde entonces, el entorno de la casa sirvió durante años como redil y corral de miles de ovejas. Afortunadamente, la propiedad ha reacondicionado el conjunto y en la actualidad se dedica a turismo rural. A poca distancia, entre canchos, barruecos de granito y restos minerales se abre una enorme charca artificial frecuentada por garzas reales (Ardea cinerea), fochas (Fulica atra), zampullines (Tachybaptus ruficollis) y somormujos (Podiceps cristatus).



En este corto paseo por los monumentales alrededores de Cáceres, no podemos dejar de nombrar una de las más llamativas concentraciones de cigüeñas de las muchas que por aquí abundan (imagen superior). A cuatro kilómetros al oeste del centro urbano, junto a la carretera de Malpartida de Cáceres, se encuentra la casa de los Arenales, un enorme cortijo que desde mediados del siglo XV perteneció a la familia Golfín como muestran los sólidos blasones esculpidos en granito y representados en los pocos frescos que se conservan de la antigua capilla. Se conoce el paraje como Arenal de García Golfín. El conjunto cuenta con un edificio señorial y varias construcciones destinadas a labores agrícolas y ganaderas que estuvieron en pleno funcionamiento hasta bien entrado el siglo XX. Aún se aprecian en el entorno estanques y zahúrdas. Las cocheras para carruajes, cuadras, tinados, picaderos, corrales o locales para esquileo se transformaron hace pocos años en salones y salas de usos múltiples cuando todo el cortijo se transformó en un flamante hotel de cinco estrellas. También entonces se retiraron los colosales nidos de cigüeñas que colapsaban los tejados. En una acertada intervención ambiental, se dispusieron junto al edificio decenas de postes de madera con plataformas que al poco tiempo fueron puntualmente coronados por parejas de cigüeñas que construyeron sus nidos en la cima. Unas 70 parejas se reproducen allí cada año a modo de modernos estilitas conformando una estampa difícil de olvidar.






Escenas deslumbrantes, a escasos minutos del pujante centro urbano de Cáceres. Así es Extremadura.

Vista nocturna del Castillo de las Arguijuelas de Abajo



Todo esto y mucho más en el V Encuentro de Blogueros de Extremadura que patrocina la Dirección General de Turismo del Gobierno de Extremadura. Nos vemos en Trujillo!





jueves, 28 de marzo de 2013

El Arquillo o la Villa de El Arco (Cañaveral, Extremadura)

La villa de El Arco, o El Arquillo, se encuentra en las cercanías de Cañaveral, junto a la autopista A-66, encaramado a la sierra de Cañaveral y de Pedroso de Acim, 
pero a poco más de media hora al norte de Cáceres.


Se trata de una pequeña localidad abandonada en los años 1960 que aún atesora entre sus casas y sus calles motivos más que sobrados para perdernos entre sus piedras vetustas.

Calles empedradas por las que fluye el agua en cualquier época del año susurrando tantas vivencias al borde del olvido


Más pronto que tarde, el Gobierno de Extremadura tendría que declarar El Arquillo como
 Bien de Interés Cultural.

La villa, hoy abandonada (aunque no del todo), gozó de un pasado encomiable que aún se vislumbra en sus coquetas plazuelas y que día a día es desvelado por los investigadores locales.




 Lo más vivo de la localidad es su ermita, con categoría de iglesia, que ubicada en un lugar más que privilegiado, recibe periódicamente la visita de antiguos vecinos y nuevos amigos de El Arco.

 
Junto a la iglesia, un diminuto cementerio con tres sepulturas anónimas para casi todos.
Una imagen que se expresa por sí misma.




El entorno se recupera despacio del devastador incendio de 2006 que calcinó 2000 has. de matorral y arbolado en la sierra. Aunque los chopos ya están brotando...

 

Aunque sólo fuera por las vistas, merece la pena la visita. 
Desde El Arco se contemplan los inmensos llanos que lo unen a Cáceres, 
la enorme masa de agua embalsada en Alcántara y, en un guiño a la modernidad, 
el  colosal viaducto por el que algún día volará el AVE.




En uno de los más hermosos rincones del pueblo emerge un olmo centenario que muestra todas las cicatrices del pasado. Pero esa criatura venerable, hoy agonizante, la dejamos para otra entrada...

lunes, 21 de febrero de 2011

Sunset Boulevard


Por un cielo mudo y frío,
sin nubes y sin color,
bajaba un sol moribundo,
muerta sombra de aquel sol
que las viejas primaveras
templaba fecundador.

(Puesta de Sol.   J.M. Gabriel y Galán) 

A diferencia de la idea del poeta, las puestas de sol que podemos contemplar en los Llanos de Cáceres y Trujillo son uno de esos espectáculos que ofrece Extremadura a todo aquel que desee contemplarlo.

lunes, 12 de abril de 2010

Avutardas en un mar de flores (Llanos de Cáceres y Sierra de Fuentes)

Veo, veo...
¡¡Avutardas !!


Todas las imágenes fueron tomadas en la finca Pulgosa de Guadiloba (Cáceres) 10/12 de abril de 2010.


Sencillamente impresionante la explosión de vida en forma de primavera que está ahí fuera.


Machos de avutarda que se pavonean ante las hembras dan más color, si cabe, al campo extremeño.



Para mi amigo Ernest, cuya generosidad me permite atrapar la primavera con un 600 mm de Nikon (+ 1.4x) que, como se puede ver aún no domino ni mucho menos.
Y para Mercedes que disfruta Extremadura desde Almería.
Related Posts with Thumbnails